Foto: Universidad Continental.
Faltan menos de cuatro meses para el 12 de abril de 2026 y el país no está eligiendo: está dudando, renunciando o castigando. Que un 48% no sepa por quién votar o piense viciar/blanquear su voto no es “indecisión ciudadana”; es el síntoma más claro de una democracia con oferta política pobre, desconectada y, sobre todo, incapaz de inspirar confianza. Cuando la mitad del electorado no compra lo que le venden, el problema no es el cliente: es el producto.
El dato tiene dos caras igual de graves. Una: un 28% ya declara que votará en blanco, viciado o por ninguno. Otra: un 20% ni siquiera puede precisar su decisión. En un país normal, eso dispararía alarmas en partidos y autoridades electorales. Aquí, en cambio, se normaliza como si fuera una estadística pintoresca de fin de año.
¿Las razones? Son un espejo incómodo: desconfianza, decepción, desconocimiento de propuestas, ausencia de representación y la clásica conclusión resignada de que “todos son iguales”. Y cuando el elector cree que todos son iguales, la política pierde su función democrática y se convierte en un mercado de eslóganes: gana quien grita mejor, no quien resuelve.
Más preocupante aún: una parte relevante del país decide tarde. Un 26% definirá su voto una semana antes y un 11% el mismo día. Eso no es “flexibilidad”: es vulnerabilidad. En ese tramo final florecen las promesas de último minuto, el populismo con moño, la desinformación con perfume y la campaña sucia con sonrisa. Si el voto se define en la puerta del colegio, la política se reduce a impulso, no a criterio.
¿Y el gobierno? La gestión de José Jerí aparece partida en dos: aprobación y desaprobación casi empatadas. Esa foto dice mucho: un país cansado que quiere creer, pero no logra convencerse. Incluso en seguridad —la herida abierta— una mayoría percibe que la delincuencia sigue igual. Es decir: el tema principal de la vida diaria no se mueve, pero el calendario electoral sí.
La elección de 2026 avanza con un electorado que no se siente representado y con una clase política que insiste en actuar como si la confianza se decretara. No se decreta: se construye. Y hoy, la construcción está abandonada.
Reflexión final
El voto en blanco o viciado puede ser protesta legítima, pero también puede terminar siendo el mejor aliado del cinismo: deja el poder en manos de minorías organizadas. Si la política no cambia el tono y el fondo —planes reales, rostros creíbles, ética mínima—, el 12 de abril no será una fiesta democrática: será una lotería institucional donde el Perú vuelve a apostar su futuro con los ojos vendados.
