Picos de calor cercanos a los 30 °C en Lima durante el verano

Foto: Diario el Popular.

Lima se prepara para picos cercanos a los 30 grados en los distritos alejados del mar, y la reacción oficial vuelve a ser la de siempre: un parte meteorológico, algunas frases tranquilizadoras y la esperanza de que el bochorno no se vuelva noticia. Pero en esta ciudad el calor no es un fenómeno natural: es un problema político. Porque cuando sube la temperatura, lo que realmente se recalienta es la desigualdad.

La geografía térmica de Lima es un mapa de injusticias. Mientras los barrios con brisa marina mantendrán rangos más moderados, zonas como La Molina, San Juan de Lurigancho y Ate sentirán el golpe pleno del verano. No es casual: allí se concentra el cemento sin sombra, la vivienda precaria, el transporte saturado y la carencia histórica de áreas verdes. El calor se queda donde el Estado nunca llegó con planificación.

Cada temporada se repite el ritual. Primero, el anuncio: “no será extremo”. Luego, el aumento progresivo de la sensación térmica. Finalmente, febrero y marzo, cuando el cuerpo ya no da más y la ciudad descubre que no está preparada. Entonces aparecen los parches: recomendaciones de hidratarse, evitar el sol, usar ropa clara. Consejos útiles, sí, pero insuficientes cuando el problema no es individual sino estructural.

Lima carece de una política urbana para el calor. No hay una red visible de espacios de sombra, ni arborización agresiva y sostenida, ni exigencias claras para que el transporte público y los centros educativos cuenten con ventilación adecuada. Tampoco hay campañas masivas de prevención en los barrios más expuestos. Se gobierna como si la temperatura fuera un dato de noticiero y no un riesgo sanitario.

Lo más irritante es la naturalización del colapso. Se asume que el verano es incómodo, que los buses se vuelven hornos, que los niños se deshidratan, que los adultos mayores se descompensan. Y se sigue adelante. Como si la ciudad no pudiera cambiar, como si el calor fuera un castigo bíblico y no la consecuencia de décadas de abandono urbano.

Los picos de calor que vienen no son una sorpresa: están anunciados. La sorpresa sería que el Estado llegue antes que el bochorno. Porque hasta ahora la política climática limeña se resume en mirar el pronóstico y cruzar los dedos.

Reflexión final
Cuando Lima hierve, no todos sudan igual. El verano se ensaña con los mismos de siempre: los que viven lejos del mar, del verde y de la planificación. Si el calor se repite cada año y la respuesta sigue siendo la improvisación, entonces no estamos frente a un fenómeno estacional, sino frente a un modelo de ciudad que decidió acostumbrarse a la incomodidad… y a la injusticia.

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