¿Sabías que impusieron tiempo para emitir tu voto en las elecciones?

Foto: PQS.

En el Perú, la creatividad institucional no se usa para mejorar la política, sino para volverla más incómoda. En las Elecciones Generales 2026, con la cédula de sufragio más grande de nuestra historia y una oferta política que parece catálogo, el ciudadano tendrá un minuto en la cámara secreta para votar. Un minuto. Sesenta segundos para decidir presidente, vicepresidentes, senadores, diputados y Parlamento Andino. Se supone que es “orden”. En realidad, es una metáfora perfecta: queremos ciudadanos responsables, pero les damos un sistema que los apura como si estorbaran.

La ONPE, por voz de su subgerente de Gestión Electoral, recuerda que la Ley Orgánica de Elecciones fija ese tiempo y que los miembros de mesa “administran” lo razonable. Traducido: la democracia se sostiene en un cronómetro y en el criterio humano bajo presión. En un país donde la desconfianza ya es combustible, convertir el voto en una carrera contra el reloj es abrir la puerta al error, al voto apurado y a la frustración silenciosa del elector.

La cédula tendrá un tamaño mínimo de 42 cm por 21 cm, con posibilidad de crecer, y estará dividida en cinco columnas. Es decir: más casilleros, más símbolos, más confusión potencial. Pero el tiempo se queda igual. El Estado permite que se multipliquen partidos, alianzas, candidaturas y fórmulas —como si la fragmentación fuera un deporte nacional— y luego exige que el ciudadano resuelva ese rompecabezas en un minuto. La política se vuelve sobreoferta y el voto, una decisión bajo estrés.

Y cuando el voto se hace bajo estrés, gana el que grita más fuerte, el que repite más, el que inunda más redes, el que pone más propaganda, el que vende más miedo. El voto informado —ese que debería protegerse como acto soberano— queda relegado a quien pudo estudiar antes, a quien tiene tiempo, a quien no llega cansado, a quien no se enfrenta a una cédula inmensa por primera vez. ¿Y los adultos mayores? ¿Y quienes votan con dificultad? ¿Y el ciudadano que quiere leer con calma? En teoría hay facilidades, como acompañamiento y plantillas braille para personas con discapacidad visual. Bien. Pero la regla general sigue enviando el mismo mensaje: vote rápido, no piense mucho.

Una democracia que respeta al ciudadano le facilita la decisión y protege su derecho a elegir con claridad. Una democracia ansiosa por “cumplir el cronograma” termina tratando el voto como trámite y al elector como obstáculo logístico.

Reflexión final
Si el país quiere recuperar ética, justicia y legitimidad, no puede convertir el sufragio en un acto apresurado. El problema no es que el ciudadano tarde: el problema es un sistema que normaliza el desorden político y después le pone cronómetro a la voluntad popular. La democracia no se fortalece con prisa; se fortalece con confianza. Y la confianza no se imprime en la cédula: se construye con instituciones serias que no obliguen a elegir el futuro en sesenta segundos.

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