Pirotecnia en Navidad: ruido que enferma y asusta a los vulnerables

Foto: Ushuaia Noticias.

En Navidad, el Perú insiste en confundir celebración con detonación. La pirotecnia se vende como “alegría”, pero para miles de familias es ansiedad, insomnio y miedo. El punto no es la sensibilidad: es la salud. El ruido extremo y la contaminación de los fuegos artificiales ponen en riesgo real a mascotas, a niños con Trastorno del Espectro Autista y a personas con enfermedades cardiovasculares, neurológicas o respiratorias. Y aun así, cada año repetimos el mismo espectáculo como si el daño fuera parte del decorado.

El ruido no es neutro. Es una agresión física cuando supera ciertos niveles y llega de manera impredecible. En mascotas, el efecto es inmediato: pánico, desorientación, temblores, hiperventilación. Perros y gatos escuchan mucho más y perciben los estallidos como amenaza. El resultado es conocido: intentos desesperados de escape que terminan en atropellos, caídas desde balcones, quemaduras o extravíos. El “show” dura minutos; la búsqueda del animal perdido dura días. Y el trauma, a veces, se queda para siempre.

En personas vulnerables, el problema se vuelve aún más serio. Quienes tienen afecciones cardiovasculares pueden sufrir elevación de presión, taquicardias o descompensaciones por el estrés agudo del ruido. Quienes viven con epilepsia o condiciones neurológicas pueden tener crisis detonadas por sobresalto y tensión. Y para quienes padecen asma u otras enfermedades respiratorias, la pirotecnia suma un enemigo extra: partículas y químicos que deterioran el aire justo cuando deberían estar celebrando, no defendiendo su respiración.

En el caso de niños con Trastorno del Espectro Autista, el impacto es especialmente cruel. Muchos presentan hipersensibilidad auditiva: los estallidos fuertes, repetitivos e impredecibles pueden generar sobrecarga sensorial, crisis de ansiedad y desregulación emocional. No es “malcriadez” ni “exageración”: es una reacción involuntaria ante un entorno hostil. Y el entorno hostil lo construimos nosotros, por puro capricho cultural.

Lo indignante es que esto no es desconocido. Se repite cada año, se advierte cada año, se lamenta cada año. Pero la costumbre pesa más que la empatía, y la autoridad suele limitarse a mensajes tibios. Así, la “tradición” se impone sobre el derecho de otros a vivir una noche segura.

La Navidad no necesita explosiones. Necesita cuidado. Si el ruido pone en riesgo a quienes no pueden defenderse, entonces no es fiesta: es abuso social normalizado.

Reflexión final
Una sociedad se mide por cómo celebra sin dañar. Cambiar pirotecnia por luces no quita alegría: la vuelve humana. Porque si para “festejar” hay que asustar animales, enfermar a vulnerables y romper la calma de miles, entonces lo que estalla no es el cielo: es nuestra falta de empatía.

Lo más nuevo

Artículos relacionados