(Foto: Comex Perú). Lima cayó al puesto 150 de 183 en Cities in Motion 2025 y quedó entre las peores del mundo en movilidad. No es una sorpresa: es un certificado oficial de lo que el limeño ya padece. Aquí la ciudad no se mueve: se arrastra. Y lo hace bajo una lógica perversa: el caos no es un problema a resolver, es una rutina que el Estado aprendió a administrar con resignación y anuncios.
La movilidad limeña es el resumen perfecto de nuestra forma de gobernar: improvisación, informalidad tolerada y obras que no escalan. Con una ciudad que creció desordenada, el transporte público sigue funcionando como si Lima fuera un pueblo grande: una línea de metro insuficiente, sistemas limitados y una competencia diaria por espacio, tiempo y paciencia. El resultado es simple: horas perdidas, estrés acumulado y una calidad de vida que se va derritiendo en cada embotellamiento.
Lo mordaz es que en Lima el ciudadano no “viaja”: sobrevive. Planifica su día según el tráfico, calcula su vida por desvíos, normaliza llegar tarde y agradece cuando no ocurre un accidente. La movilidad se volvió un impuesto invisible: se paga en salud mental, en productividad, en vínculos familiares y en oportunidades. El que vive más lejos no solo tarda más: vive menos ciudad.
Y como era de esperar, el desastre no viene solo. La capital también muestra rezagos en tecnología, economía y medioambiente. No es casual: una ciudad que no puede mover gente tampoco puede mover desarrollo. La brecha digital y la informalidad frenan competitividad, mientras la contaminación y el parque automotor envejecido convierten el aire en una carga diaria. Lima no solo está congestionada: está cansada, contaminada y mal planificada.
El problema real no es técnico: es político. Lima no carece de diagnósticos; carece de decisión sostenida. Cada gestión promete “revolucionar” el transporte, pero termina parchando. Se habla de movilidad sostenible, pero se gobierna para el corto plazo. Se anuncian soluciones, pero se mantiene el mismo sistema que beneficia a la informalidad y castiga al usuario. Y cuando todo falla, el discurso final siempre es el mismo: “es complejo”. Claro que es complejo. Justamente por eso se necesitaba planificación seria hace años, no excusas elegantes.
El ranking solo puso un número a una realidad cotidiana: Lima retrocede porque su transporte colapsó y su planificación urbana se quedó en promesa.
Reflexión final
Una ciudad que no se mueve no progresa: se desgasta. Y cuando el Estado normaliza ese desgaste, lo que se pierde no es solo tiempo: se pierde dignidad. En Lima, el tráfico ya gobierna. La pregunta es cuándo empezará a gobernar alguien más.
