(Foto: Casa Andina). El Perú tiene un problema curioso: posee maravillas, pero gestiona como si fueran un trámite. Este año no se alcanzará la meta de volver a las cifras turísticas prepandemia y, según proyecciones especializadas, tampoco en 2026. La comparación duele: en 2019 llegaron 4.45 millones de visitantes extranjeros. Hoy, el país —que debería estar vendiendo cultura, naturaleza y experiencia— está exportando incertidumbre.
Las razones no están escondidas: están a la vista y en titulares. Machu Picchu, nuestro principal activo turístico, vive en crisis casi permanente. No solo por conflictos locales en torno a servicios y “tajadas”, sino por algo más grave: el Estado no sabe poner orden. Y cuando el Estado no lidera, el vacío lo llenan disputas, presiones y arreglos improvisados. Liderazgo, que le llaman. Aquí se practica poco.
El caso de los boletos presenciales —decisión política, disfrazada de “inclusión”, pero sostenida por populismo— fue la cereza de un pastel mal horneado: más colas, más caos, más tramitología y más desgaste para el visitante. Se creó un trámite extra para quien quiere ver una maravilla del mundo, como si el turismo fuera un favor que le hacemos al viajero y no una industria que sostiene empleo, divisas y dinamiza regiones enteras. El mensaje implícito es demoledor: “si quiere entrar, arréglatelas”. Y el turista, cuando escucha eso, simplemente elige otro destino.
Pero el purgatorio turístico no se explica solo por Machu Picchu. El otro gran espantapájaros es el clima de inseguridad: extorsiones al alza, sensación de riesgo, noticias que se acumulan como advertencias. El turista no viaja para poner a prueba su suerte, ni para aprender a navegar el caos urbano o la burocracia regional. Ante la duda, cambia de plan y se va a destinos donde el Estado no actúa como ausente. Colombia, Chile o Argentina se vuelven alternativas no porque tengan más historia que el Perú, sino porque ofrecen algo básico: previsibilidad.
Y mientras tanto, en el discurso público, el turismo suele aparecer como “prioridad” cada vez que hay ferias, cámaras y fotos. En la realidad, se le deja en manos de parches, conflictos y decisiones sin criterio técnico. Un país que no puede gestionar su joya turística no está perdiendo visitantes: está perdiendo reputación.
El turismo no está estancado por falta de atractivos. Está estancado por falta de Estado: orden, reglas claras, gestión profesional y seguridad mínima.
Reflexión final
El Perú no necesita más campañas bonitas; necesita gobernanza real. Porque mientras Machu Picchu siga siendo rehén de la improvisación y el país no garantice seguridad, el turismo seguirá en purgatorio: ni muerto ni vivo, solo esperando que alguien —por fin— se tome en serio el futuro.
