(Foto: Clinica Risso). Hay un rojo que no debería estar en la mesa, pero en el Perú se sirve con calma administrativa. Se ha publicado una lista oficial de productos con registro sanitario que declaran contener eritrosina, el colorante rojo 3, observado por su vínculo con cáncer en estudios con animales. En un país serio, una alerta así activa decisiones rápidas. Aquí activa lo habitual: una lista, una recomendación y un plazo largo. La salud se gestiona como si fuera un trámite; el riesgo, como si fuera un detalle.
La lista no es simbólica: son cientos de productos que la industria admite que llevan eritrosina. Y lo más incómodo no es el número, sino la puntería del mercado: aparece con fuerza en embutidos y carnes —lo que se compra para el pan de todos los días— y también en dulces, caramelos, galletas, chocolates, grajeas, helados e ingredientes que terminan en manos de niños. Es decir, el aditivo se pasea por dos públicos perfectos: el consumidor rutinario y el consumidor vulnerable.
La eritrosina no alimenta, no cura, no protege. Solo “embellece”: pinta más rojo el producto para que parezca más atractivo. Es maquillaje industrial. Y aun así, el Estado la tolera con una lógica peligrosamente cómoda: “no está demostrado en humanos”. Claro: tampoco es que el consumidor quiera ser el experimento. La prevención existe precisamente para no esperar a que el daño sea incontrovertible y masivo.
Mientras en otros países se opta por cortar el riesgo, aquí se opta por administrarlo. Se da un plazo para reemplazo hasta enero de 2027, como si el cuerpo pudiera poner una pausa biológica por decreto. Dos años de margen en un mercado donde la publicidad es inmediata, el consumo es diario y la fiscalización es, muchas veces, episódica. El mensaje es transparente: el negocio tiene calendario, la salud se acomoda.
Y lo más cínico es el giro final: se publica la lista y se traslada el problema al ciudadano. “Infórmese”, “revise”, “elija mejor”. Perfecto: ahora, además de trabajar, criar y sobrevivir, el peruano debe convertirse en analista de aditivos. Y si falla, la culpa será suya por no leer el rotulado, no del Estado por permitir que un ingrediente cuestionado siga circulando.
La lista es útil, pero no es protección. Si el Estado sabe qué productos contienen eritrosina, entonces sabe dónde intervenir. Lo que falta no es información: es voluntad.
Reflexión final
Un país que permite que un colorante observado por cáncer en animales siga presente, sobre todo en productos que consumen niños, no está siendo prudente: está siendo irresponsable con elegancia burocrática. El rojo 3 no debería esperar a 2027. Porque si algún día se confirma el daño, nadie podrá decir que no lo vio venir. Aquí está la lista. Aquí está la alerta. Lo que no está es el coraje de actuar.
