Dina Boluarte, “personaje negativo” del 2025 según encuesta

(Foto: Informate Perú). Que una encuesta nombre a Dina Boluarte como el “personaje negativo” del 2025 no es un chisme de fin de año: es un veredicto social. No se trata de antipatia pasajera, sino de una etiqueta que condensa rechazo, memoria y desconfianza. En un país donde la política vive de reinventarse cada semana, ser el rostro más cuestionado del año significa algo más grave: quedarse como símbolo de lo que la ciudadanía no quiere repetir.

El dato es contundente: Boluarte encabeza la percepción más desfavorable del 2025, por encima de figuras históricamente polarizantes. Eso revela dos cosas. Primero, que su paso por el poder no se percibe como “transición” ni “accidente constitucional”, sino como un episodio que dejó marcas. Segundo, que el Perú está cansado de la misma lógica: gobernar con baja legitimidad, sostenerse por cálculo y pretender que el país se acostumbre.

Lo mordaz no está en el número, sino en la coherencia del relato nacional: la imagen negativa no nace de la nada. Se alimenta de un periodo asociado —en la percepción ciudadana— a una crisis de seguridad que se volvió rutina, a sospechas que no se disiparon con explicaciones, y a un estilo de gobierno que pareció responder más a la supervivencia política que a la conducción del país. Cuando la política se convierte en resistencia personal, la gente deja de evaluar “gestión” y empieza a evaluar “daño”.

El 2025 termina, además, con una escena que resume el divorcio entre poder y calle: mientras el rechazo se consolida, aparece el intento de defender privilegios posgobierno, como si el paso por Palacio fuera mérito suficiente para reclamar beneficios permanentes. Esa desconexión es gasolina para el descrédito: el ciudadano siente que el país se hunde en problemas, pero el Estado todavía tiene tiempo para discutir comodidades de quienes ya se fueron.

Boluarte termina así no solo como exmandataria, sino como símbolo: el recordatorio de una política que se aferra, que administra la crisis y que confunde formalidad con legitimidad. Y cuando una figura se vuelve símbolo, ya no importa cuántos comunicados se emitan: lo que pesa es la memoria colectiva.

Ser el “personaje negativo” del 2025 no es un premio de impopularidad: es una condena política y ética que retrata el desgaste de todo un ciclo.

Reflexión final
La democracia peruana no necesita nuevos rostros con viejas prácticas. Si el 2025 deja una alerta, es esta: la ciudadanía puede aguantar muchas crisis, pero no tolera indefinidamente la indiferencia, la impunidad y el privilegio. El país habló en la encuesta; falta que la política entienda el mensaje.

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