(Foto: Perú 21). La encuesta de fin de año retrata al Perú con una ironía que ni el mejor guionista podría inventar: la figura más positiva del 2025 es el Papa León XIV, mientras que la más negativa es Dina Boluarte. Un religioso en la cima; una expresidenta en el sótano. No es solo una lista: es un parte médico del país. Cuando la esperanza se deposita en símbolos y la repulsión se concentra en políticos, algo esencial está roto: la confianza en el Estado.
Que un Papa lidere lo “positivo” no habla únicamente de fe; habla de orfandad. En un año marcado por vaivenes políticos, inseguridad y decepción, la ciudadanía abraza una figura moral porque la política no ofrece ni dirección ni refugio. El mensaje es brutal: para sentir orgullo, el Perú mira a quienes no gobiernan; para sentir vergüenza, mira a quienes sí lo hicieron.
Y lo más mordaz es que la lista de “negativos” no sorprende a nadie. Boluarte encabeza con un rechazo contundente; detrás aparecen Keiko Fujimori y Pedro Castillo. Tres nombres distintos, un mismo hilo: polarización, crisis permanente y sospecha como moneda corriente. El problema no es solo quiénes aparecen, sino lo que representan: un sistema que produce autoridades que se vuelven carga antes que conducción.
En paralelo, el 2025 fue un catálogo de señales rojas: extorsiones y asesinatos como los sucesos más negativos, y los escándalos del Congreso sumando capítulos como si fueran temporadas. El país convive con economías ilegales que avanzan con disciplina, mientras el Estado responde con discursos cortos y resultados más cortos. La inseguridad no se percibe: se padece. El ciudadano no “opina” sobre el crimen; adapta su vida a él.
Hay, además, un detalle venenoso que la encuesta deja entrelíneas: para muchos, uno de los hechos más “positivos” del año fue la vacancia de Boluarte. Es decir, celebramos como logro lo que debería ser la última herramienta institucional. Cuando el alivio nacional proviene de sacar a una autoridad, la política no gobierna: descomprime. Y descomprimir no es gestionar; es evitar que reviente.
Mientras tanto, el país sigue mostrando su mejor versión en el trabajo cotidiano: economía, gastronomía, arte, deporte. Peruano que produce, peruano que crea, peruano que compite. Pero el poder político —Ejecutivo y Congreso— aparece cada vez más como parte del problema. No es pesimismo gratuito: es acumulación.
El Perú termina el 2025 parado sobre una paradoja: orgullo por quienes construyen y rechazo por quienes mandan.
Reflexión final
El 2026 será un juicio a nuestra memoria. Si seguimos premiando la incompetencia y tolerando la impunidad, no habrá símbolo que compense el daño. Un país no se sostiene con milagros ni con encuestas: se sostiene con instituciones decentes y ciudadanos que exijan, no que se resignen.
