(Foto: La República). El Jurado Electoral Especial (JEE) no “hizo noticia”: encendió una alerta. Al declarar inadmisible parte de la lista al Senado de Juntos por el Perú (JP), el foco quedó donde duele: el hermano de Pedro Castillo y el padre de Antauro Humala aparecen en una nómina que, antes de convencer al país, tiene que convencer al reglamento. Y en política peruana, cuando una lista tropieza en lo básico, casi siempre es porque trae detrás algo más que simple desorden: trae una forma de entender el poder.
JP no solo presentó candidatos; presentó símbolos. No es una lista construida para debatir reformas, sino para agitar banderas emocionales: el apellido Castillo como consigna, el apellido Humala como guiño a una narrativa radical que el país ya ha visto desbordarse. El mensaje es claro: menos programa, más genealogía. Menos propuestas, más provocación.
Que el JEE no admita esa lista por inconsistencias documentales no es un tecnicismo menor. Es el primer filtro mínimo para evitar que la democracia se llene de sombras: fechas que no cuadran, declaraciones que no coinciden, registros que se pisan. En el caso del hermano de Castillo, la discordancia entre su hoja de vida y su consentimiento de participación no es “un error”: es una señal de improvisación en un proceso donde la transparencia es obligación, no cortesía. En el caso del padre de Antauro, el mismo patrón: documentos con tiempos desalineados, como si la coherencia fuera un trámite opcional.
Pero el problema real no está en el calendario de las firmas, sino en la lógica política que sostiene la lista. En un país que aún vive las consecuencias del desgobierno, de la violencia y de la polarización, insistir en convertir el Senado en un espacio de apellidos y resentimientos es jugar con fuego. No porque el parentesco sea delito, sino porque el uso político del parentesco suele tener un objetivo: reciclar relatos, maquillar responsabilidades y reabrir una confrontación que termina golpeando a los mismos de siempre.
Además, JP tiene dos días para subsanar. La pregunta incómoda es otra: ¿por qué no presentaron todo impecable desde el inicio? Un partido que aspira a legislar y fiscalizar al Estado no puede comportarse como si estuviera completando formularios a última hora. Si así se ordena una candidatura, ¿cómo se ordenará un país?.
El JEE no ha “bloqueado” una lista: ha recordado que la democracia exige mínimos. Y cuando esos mínimos no se cumplen, el problema no es el JEE: es la oferta política.
Reflexión final
El Perú no necesita un Senado como vitrina de clanes ni como tribuna de revancha. Necesita seriedad, ética y propuestas. Si una lista llega inadmisible y cargada de apellidos que buscan ruido antes que rumbo, la alerta no es electoral: es democrática.
