(Foto: Caretas). El 2025 termina con una postal indecente: el hambre sigue en la mesa y la política sigue en campaña. No se trata de percepción ni de “sensaciones”: las estadísticas muestran que la crisis alimentaria no se revierte y que las condiciones de vida de los más vulnerables no mejoran de forma sostenida. En el Perú, la pobreza no es una tragedia ocasional; es un sistema. Y la política —en lugar de romperlo— lo administra con discursos, fotos y promesas recicladas.
La cifra debería avergonzar a cualquier Estado que se pretenda serio: 43,7% de niños menores de tres años con anemia. Es decir, casi la mitad de la primera infancia cargando con el sello del abandono. Y la desnutrición crónica infantil, que había mostrado avances, vuelve a crecer. No es un “dato”: es daño irreversible en desarrollo, aprendizaje y salud. Es el país hipotecando su futuro por incapacidad de garantizar lo básico: nutrición.
¿Y qué ofrece la política frente a eso? Una mezcla tóxica de populismo, desidia y burocracia. Programas sociales con presupuestos recortados, sospechas de corrupción, cero enfoque territorial y una desconexión escandalosa entre el escritorio limeño y la realidad de los territorios. Mientras arriba se reparten cargos y se discuten egos, abajo se sostienen con ollas comunes, como si la solidaridad tuviera que reemplazar al Estado por contrato tácito.
La mordacidad llega al absurdo cuando miramos la tuberculosis. En un país con alta carga de TBC, la alimentación no es “ayuda”: es parte del tratamiento. Y aun así, seguimos con una norma nutricional sin actualizar desde hace once años. Once años no es olvido; es negligencia institucional. Es decirle al paciente: “cúrese como pueda”, mientras el sistema aplaude sus propios informes.
Pero lo más corrosivo es el retorno de los de siempre. Muchos de los actuales candidatos al Congreso ya tuvieron poder y presupuesto cuando la anemia subía, la desnutrición reaparecía y la TBC seguía golpeando. No enfrentaron el hambre cuando debían, y ahora pretenden venderse como “cambio” sin asumir responsabilidad. El truco es viejo: se cambia el logo, se cambia el slogan, se cambia la foto; no se cambia la prioridad. Y cuando la prioridad nunca fue la infancia pobre, no hay milagro electoral que lo disimule.
El país se ha acostumbrado a una política que llora en discursos y se encoge en el presupuesto. Que inaugura promesas y clausura la rendición de cuentas. Que se indigna por temporadas, pero no corrige estructuras. Así el hambre se vuelve permanente y la política, provisional: aparece para pedir voto y desaparece cuando toca gobernar.
El derecho a la alimentación no puede seguir subordinado a la improvisación y al cálculo electoral. Sin una política de Estado con presupuesto, fiscalización real y enfoque territorial, el hambre seguirá ganando por walkover.
Reflexión final
Hay una crudeza que ya no admite eufemismos: en el Perú, el hambre no es accidente; es consecuencia. Y si la política no aprendió en 2025, es porque nunca quiso aprender. La pregunta para el 2026 no es quién promete más, sino quién está dispuesto a dejar de usar la pobreza como escenario y empezar a tratarla como la emergencia nacional que siempre fue.
