14 los periodistas y trabajadores de prensa detenidos en Venezuela

(Foto: Altavoz).- Venezuela acaba de recordar —con la brutalidad de lo “normal”— qué significa cubrir política bajo un régimen: informar es delito, grabar es provocación y preguntar es sospecha. El Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) reportó que subió a 14 el número de periodistas y trabajadores de prensa detenidos durante la cobertura de la instalación del periodo de sesiones en la Asamblea Nacional. En otras palabras: el Parlamento inauguró su calendario legislativo haciendo lo que mejor domina el poder sin votos reales: capturar la narrativa a punta de arrestos.

Lo ocurrido no fue un exceso “de seguridad”. Fue una operación de censura con uniforme. Según el SNTP, a los periodistas les prohibieron transmitir en vivo, grabar o fotografiar. ¿Cobertura sin imágenes? ¿Periodismo sin registro? Eso no es orden: es teatro, un acto oficial diseñado para existir solo en la versión autorizada por el gobierno. Si no puedes filmarlo, no ocurrió; si no puedes contarlo, no existe; si lo intentas, te detienen. Ese es el manual.

Pero el golpe más revelador no fue la detención: fue el saqueo digital. Funcionarios de la DGCIM —según el gremio— revisaron teléfonos, exigieron claves y accedieron a fotos, contactos, conversaciones, audios, correos, cuentas y archivos en la nube. Esto no es “verificación”. Esto es intervención, espionaje, intimidación y una amenaza directa al secreto profesional. El objetivo es transparente: identificar fuentes, mapear redes, sembrar miedo. Un Estado que teme a la prensa no busca seguridad: busca impunidad.

Y como si no bastara, el SNTP indicó que 10 siguen detenidos, algunos en “situación de desaparición forzosa”. En democracia, un detenido está registrado; en dictadura, un detenido se vuelve un hueco, un limbo, un mensaje: “aquí puedo tragarte sin explicaciones”. Ese “procedimiento” no es administrativo: es terror burocrático.

La escena es grotesca: una Asamblea Nacional que se instala mostrando su verdadero “orden constitucional”: cámaras apagadas, calles vigiladas, periodistas reducidos. La institucionalidad ya no se construye con leyes, sino con candados. El poder no persuade: confisca.

Que el conteo llegue a 14 no es cifra: es síntoma. La Asamblea no inauguró un periodo de sesiones; inauguró una temporada de mordaza. Y cuando la prensa necesita permiso para mirar, el país ya no vive en política: vive en obediencia.

Reflexión final
Un régimen que se proclama fuerte, pero que se descompone ante un celular encendido, no es fuerte: es frágil y paranoico. Porque la verdad, en Venezuela, no se debate: se detiene. Y cuando el poder convierte la cobertura periodística en un operativo militar, lo que realmente está defendiendo no es la patria, sino su miedo a que el mundo vea lo que pasa cuando se apagan las luces.

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