El Mundial 2026 se anuncia como “la gran fiesta” y, al mismo tiempo, como el gran experimento. La FIFA planea pasar a 1.248 jugadores por una cabina de escaneo para recrear avatares 3D que alimenten el fuera de juego semiautomático y su visualización en el VAR. Un segundo de captura y listo: músculo convertido en malla digital, movimiento convertido en dato, fútbol convertido en demostración. La pregunta no es si la tecnología funciona. La pregunta es para quién funciona.
La promesa es seductora: más precisión, menos polémica, imágenes “más realistas” y “atractivas” para el espectador. Pero el fútbol no está enfermo de falta de realismo; está enfermo de desconfianza. Y cuando una institución que históricamente ha pedido fe —más que control ciudadano— decide que la solución es un avatar impecable, conviene sospechar: la tecnología puede mejorar decisiones, sí, pero también puede blindar el poder.
El riesgo no es el offside; es el nuevo catecismo visual. Un avatar 3D no solo “muestra” una decisión: la vuelve incuestionable. La discusión deja de ser interpretativa para volverse devocional: “si lo dijo el modelo, se acabó”. Así, el hincha ya no ve una jugada; ve un veredicto renderizado. Y el debate —ese músculo democrático del deporte— se etiqueta como ignorancia, como ruido, como obstáculo. El estadio se convierte en sala de control, y el espectador en usuario que acepta términos y condiciones sin leer.
Además, está el tema que se esconde detrás del brillo: el cuerpo como activo. Los jugadores pasan por la cabina como trámite protocolar, pero el sistema que captura, procesa y conserva esa información no viene acompañado del mismo entusiasmo por la rendición de cuentas. ¿Qué se registra exactamente? ¿Quién custodia esos modelos? ¿Por cuánto tiempo existen esos “gemelos” digitales? ¿Qué auditoría independiente garantiza que se usan solo para lo prometido? En tiempos de explotación de datos, hacer estas preguntas no es conspiración: es higiene ética.
Y mientras se presume precisión milimétrica, el fútbol global sigue cojeando en lo grande: corrupción que erosiona instituciones, racismo que mancha tribunas, violencia que persigue a hinchas y periodistas, desigualdades que asfixian ligas y comunidades. Se persigue el error mínimo con obsesión quirúrgica, pero se toleran los problemas estructurales con paciencia burocrática. Innovación para el espectáculo; tibieza para la justicia.
El Mundial 2026 puede ser el campeonato de la innovación tecnológica. O puede ser el campeonato donde la tecnología sirva como maquillaje: una forma elegante de pedir obediencia y apagar preguntas.
Reflexión final
Si normalizamos que la “verdad” venga en forma de avatar, mañana la ética también podría venderse en 3D: brillante, convincente y perfectamente administrada. El fútbol no necesita más cabinas; necesita más límites, más control público y más valentía para que la justicia no sea un efecto especial.
(Foto: El Gol Digital).
