Fiscalización a encuestadoras de cara a las Elecciones Municipales

En el Perú, la democracia vota… pero primero “consulta” al oráculo. Ese oráculo suele venir con logo, gráfico de barras y un titular que se repite como mantra: “sube”, “baja”, “se dispara”, “se desploma”. Y así, antes de escuchar propuestas, ya estamos consumiendo pronósticos. Por eso el nuevo reglamento del JNE para fiscalizar a encuestadoras como Ipsos, Datum y CPI rumbo a las Elecciones Regionales y Municipales 2026 no es un tema técnico: es un intento de recuperar algo elemental: que el país no sea gobernado por porcentaje.

Durante años, la fiscalización fue casi decorativa: revisar la ficha técnica como quien mira la etiqueta de un producto sin abrirlo. Ahora el JNE pide lo que siempre debió pedir: bases de datos (Excel o SPSS) y el diccionario de datos, es decir, la traducción del “así salió” al “así lo hicimos”. En buen castellano: ya no basta el resultado, hay que mostrar el camino. Porque el problema no es la pregunta; es la cocina. Y en política peruana, la cocina siempre tiene más poder que el comedor.

Seamos honestos: aquí las encuestas no solo informan, administran el clima. Definen “viables” e “inviables”, reparten oxígeno mediático, alimentan el voto útil y convierten la campaña en carrera de caballos. Hay candidatos que no existen hasta que una encuesta los inventa; y otros que mueren antes de hablar porque una cifra los sepulta. Eso no es medición: es intervención. Y cuando la intervención se disfraza de neutralidad, el daño es doble.

El reglamento también apunta a una pieza clave: el profesional estadístico. Cada informe deberá estar visado por un especialista colegiado y habilitado. Parece básico, pero en el Perú lo básico se celebra como reforma. ¿Por qué importa? Porque si un estudio puede inclinar coberturas, agendas y donaciones, entonces alguien debe responder con nombre y DNI profesional, no con un “equipo técnico” de humo.

Además, la fiscalización será “digital y operativa”: el JNE podrá supervisar trabajo de campo, llamadas, tasa de respuesta y software. Esto es crucial, porque ahí ocurre el verdadero milagro: quién responde y quién no, a quién se reemplaza, cómo se pondera, qué se corrige. Es en esa zona gris donde un dato puede dejar de ser fotografía y convertirse en maquillaje.

Y llega la cereza tecnológica: Inteligencia Artificial, con “EleccIA”, para detectar irregularidades y proyectar resoluciones en minutos. Ojo: la IA puede ayudar, sí. Pero también puede volverse un nuevo velo: rápido, moderno y difícil de cuestionar. La democracia no necesita solo velocidad; necesita explicabilidad. Un algoritmo no puede ser la nueva autoridad moral.

La norma puede marcar un quiebre: o las encuestadoras dejan de ser intocables o el reglamento termina como tantos en el Perú: impecable en PDF y ausente en la realidad. Fiscalizar es aplicar, sancionar y no temblar cuando el logo es grande.

Reflexión final
Si el voto se decide mirando rankings y no evaluando integridad, capacidad y propuestas, entonces no elegimos autoridades: consumimos tendencias. El JNE está diciendo, por fin, “muéstrenme la evidencia”. Bien. Ahora falta lo más difícil: que el país deje de obedecer al número como si fuera destino. Porque cuando una democracia se acostumbra a ser guiada por porcentajes opacos, termina creyendo que la política es estadística… y que la ética es un margen de error.

(Foto: Infobae – Nicol Chauca).

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