Más de la mitad de colegios del Perú carece de agua potable y saneamiento adecuado. Traducido a la vida real: baños inoperativos, estudiantes que aprenden a hacer cola para lo básico y escuelas que funcionan como campamentos administrativos de emergencia. El país puede discutir currículos, tablets y “calidad”, pero la realidad es brutalmente simple: sin agua y sin desagüe, la educación se vuelve un simulacro… y el Estado, una promesa incumplida con uniforme.
La escena se repite con una normalidad ofensiva. Colegios que dependen de camiones cisterna, tanques que se llenan cuando se puede, pozos sépticos que reemplazan redes de desagüe que nunca llegaron. Directores que dividen recreos para que no colapsen los baños. Eso no es gestión escolar: es ingeniería de supervivencia. Y mientras tanto, se le pide al niño que “se concentre”, que “rinda”, que “sea resiliente”. El mensaje oculto es peor: acostúmbrate, porque así es el país.
Aquí aparece el “legado” político. Con Pedro Castillo, el Estado se volvió más errático y el discurso reemplazó a la capacidad; con Dina Boluarte, la urgencia se administró como rutina y la agenda social quedó arrinconada; y con José Jerí —en el relato ciudadano— se consolida el tramo final de la improvisación: mucho anuncio, poco plan, casi cero resultados. Cambian los rostros, se reciclan los eslóganes, pero la escuela sigue sin agua. Ese es el verdadero consenso nacional: la precariedad como política pública.
Y no nos engañemos: esto no es solo infraestructura. Es salud, dignidad y desigualdad. Sin agua para lavarse las manos, el riesgo sanitario se instala en el recreo. Sin baños funcionales, especialmente en secundaria, la escuela se vuelve hostil para las niñas: durante la menstruación, la falta de privacidad y seguridad empuja ausencias, retrasos y, en casos, abandono. No es “un problema logístico”: es una forma silenciosa de expulsión.
Lo más mordaz es el contraste: cuando conviene, aparecen inauguraciones de aulas y fotos de cemento nuevo. Pero el agua y el desagüe, que no se lucen en la imagen, quedan para “después”. Y ese “después” lleva años. Así se construye el colapso: no con un gran escándalo, sino con miles de pequeñas omisiones diarias.
Si un país no garantiza agua y saneamiento en sus escuelas, no está fallando en un detalle: está fallando en su pacto básico con la infancia. Y ese fracaso no es meteorológico ni inevitable; es político y acumulado.
Reflexión final
El “desastre total” no es una frase exagerada cuando hablamos de niños estudiando sin baños operativos. La verdadera pregunta es incómoda: ¿cuántas generaciones más deben normalizar lo inaceptable para que el Estado, por fin, deje de administrar la vergüenza y empiece a resolverla?. (Foto: Buzos. Com).
