A 88 días del 12 de abril, el Perú no está frente a una campaña electoral: está frente a un desfile de candidaturas donde la mayoría del público ya se fue del estadio. El dato que define esta elección no es quién lidera, sino el tamaño del vacío: indecisos, blancos, viciados y el “por ninguno” aplastan a cualquier nombre propio. Cuando el “puntero” apenas llega al 12%, no estamos eligiendo líderes: estamos midiendo el nivel de cansancio nacional.
Que Rafael López Aliaga encabece con 12% (y en otros sondeos ronde el 10%) no es una coronación: es un síntoma de orfandad política. Detrás, Keiko Fujimori con cerca de 8,8%, Carlos Álvarez con 6,2% y Mario Vizcarra con 5,8%. Eso no es competencia de proyectos; es un mercado de minorías, donde nadie convence, nadie enamora y casi todos sobreviven por rechazo ajeno.
Lo verdaderamente demoledor está fuera del ranking: casi la mitad dice que votaría en blanco, viciado o por nadie; y alrededor de la mitad admite que no ha pensado seriamente su voto o sigue totalmente indecisa. Traducido: el candidato más fuerte es el asco. La política peruana logró lo impensable: que la gente prefiera la nada antes que una oferta saturada de rostros conocidos y resultados conocidos.
Y aquí está la trampa: los partidos celebran “pluralidad” porque hay decenas de postulantes. Pero la pluralidad sin calidad es solo ruido. Con casi 40 partidos y más aspirantes que ideas, la campaña se vuelve una guerra de visibilidad: TikTok, frases efectistas, provocación, insulto disfrazado de “sinceridad”. La propuesta concreta se hunde porque no da rating; la ética se vuelve “tema secundario” porque incomoda; y la gestión se reduce a prometer “mano dura” como si fuera un botón mágico.
La inseguridad es el combustible perfecto para esa decadencia. Más del 50% busca un perfil tipo Bukele: no por admiración ciega, sino por desesperación. Cuando el Estado no protege, el ciudadano empieza a pedir orden sin preguntar el costo. Y eso es peligrosísimo: así se abre la puerta al autoritarismo, no por ideología, sino por agotamiento. El problema no es que la gente quiera seguridad; el problema es que la política la empuja a elegir entre miedo y decepción.
Mientras tanto, la clase política interpreta este rechazo como “volatilidad” —como si fuera un fenómeno meteorológico— y no como lo que es: un juicio ciudadano. El Perú no está indeciso: está harto de improvisación, de impunidad y de campañas sin vergüenza.
Con estos números, el 2026 no será una elección de esperanzas. Será una elección de defensa: votar para evitar algo peor, no para construir algo mejor.
Reflexión final
Si el puntero tiene 12%, no es porque “falta campaña”. Es porque sobran políticos y faltan líderes. Y si seguimos normalizando que el rechazo sea mayoría, el 12 de abril no elegiremos un futuro: solo confirmaremos que la política se desconectó del país… y el país aprendió a desconectarse de la política. (Foto: El Búho).
