En el Perú, el problema no es que un presidente coma chifa. El problema es cuando el chifa se vuelve oficina paralela, la agenda pública desaparece y la explicación llega tarde, mal y con tono de “no exageren”. El cuento chino de José Jerí —su reunión clandestina con el empresario Zhihua Yang— no es una anécdota: es una vergüenza y un acto repudiable porque golpea donde más duele hoy: la confianza pública.
La defensa de Jerí se ha vendido como “cercanía con la ciudadanía”: que sale, que camina, que come aquí y allá. Pero el país no cuestiona el menú; cuestiona el método. Reunirse con un empresario extranjero fuera de agenda, sin registro oficial y en horario nocturno no es “normalidad”: es opacidad. Y en el Perú, la opacidad no es estilo; es antecedente.
Lo que agrava el caso es que el mismo empresario no era un desconocido para el entorno presidencial. Los registros oficiales muestran que Zhihua Yang ingresó a Palacio en tres oportunidades entre diciembre de 2025 y enero de 2026: el 12 de diciembre, el 29 de diciembre y el 5 de enero. En todas esas visitas, figura como particular y con reuniones de trabajo con funcionarias del área de comunicación estratégica y prensa. Es decir: sí existían canales formales. Había puerta, había horario, había registro. Entonces, ¿para qué la ruta alterna del chifa? ¿Para qué la escena sin agenda? ¿Para qué la explicación posterior?
Jerí reconoce que el horario fue “inapropiado” y lo reduce a un “error de forma”, como si el problema fuera llegar tarde a una reunión y no el hecho de sostenerla sin transparencia. Y remata intentando diferenciarse: “yo no soy Pedro Castillo”. Pero aquí la política es simple: no importa lo que digas ser; importa lo que haces. Y lo que Jerí hizo se parece demasiado a lo que el país ya vio: reuniones fuera del circuito institucional, justificaciones después del escándalo y la misma frase implícita de siempre: “confíen, no pasó nada”.
Un gobierno que se toma en serio la transparencia no improvisa encuentros “privados” con actores de interés público. Los registra, los explica, los sustenta y los hace por la vía institucional. Lo demás no es cercanía: es riesgo político y erosión democrática.
Reflexión final
Si el Ejecutivo quiere credibilidad, debe entender una regla básica: la confianza no se exige, se construye. Y se construye con agenda pública, trazabilidad y rendición de cuentas, no con cuentos de última hora. Porque cuando la Presidencia necesita sombra para “hacer cosas buenas”, el país no se vuelve ingenuo: se vuelve alerta. Y con razón. (Foto: Lima Gris).
