¿La suspensión de emisión de visas a EE.UU. afectará el Mundial?

A menos de cinco meses del Mundial 2026, Estados Unidos anuncia la suspensión de emisión de visas a 75 países desde el 21 de enero y por tiempo indeterminado. La noticia cae como un balde de agua fría sobre hinchas, federaciones y comunidades migrantes. Y aunque se diga que la medida apunta a quienes buscan permanecer indefinidamente —y que el turismo o los viajes de negocios no deberían verse afectados— el daño ya está hecho: se instaló la duda, el miedo y el mensaje político. En la era del fútbol global, la frontera volvió a ser protagonista.

El Mundial se vende como el torneo “de todos”: 48 selecciones, tres países sede, audiencias planetarias y una narrativa de unión. Pero la realidad geopolítica tiene menos poesía. La lista de países alcanzados incluye nombres que no son marginales en el mapa del fútbol: Brasil, Colombia y Uruguay en Sudamérica; Marruecos, Argelia, Ghana, Egipto, Costa de Marfil y Túnez en África; además de otras naciones con hinchadas numerosas. Y, para añadir un ingrediente explosivo, varias selecciones clasificadas figuran dentro del grupo de países con visas suspendidas.

Aquí aparece la contradicción: si el Mundial es una fiesta global, ¿por qué se maneja con lógica de excepción? Se afirma que “no afectará”, pero cuando una política se anuncia como suspensión general y a plazo indefinido, el efecto real es disuasivo. No hace falta prohibir el turismo para desalentar el viaje: basta con complicar trámites, aumentar incertidumbre, imponer filtros y generar temor a la denegación. En el fútbol, como en la vida, la ambigüedad también expulsa.

La pregunta no es solo logística; es ética. ¿Qué clase de Mundial se construye cuando miles de hinchas —muchos con historias migrantes, familias binacionales y años de trabajo— sienten que deben justificar su pasión como si fuera sospechosa? El fútbol siempre fue refugio contra el prejuicio; hoy corre el riesgo de convertirse en un evento donde el acceso depende del pasaporte, del clima político y del humor de la administración de turno.

Y no olvidemos el costo: el Mundial 2026 se juega en Estados Unidos, México y Canadá, sí, pero gran parte de la experiencia estará atada a la sede estadounidense. Si se empuja a los hinchas a “moverse” entre países por restricciones, el torneo no se vuelve más inclusivo: se vuelve más caro, más desigual y más segmentado.

Aunque se insista en que el Mundial “no será afectado”, la señal es clara: la Copa del Mundo puede convivir con muros administrativos. Y eso ya es una derrota simbólica.

Reflexión final
El fútbol no puede prometer unión mientras normaliza que la política convierta a los hinchas en sospechosos. Si el Mundial 2026 quiere ser realmente global, debe exigir claridad, garantías y trato justo. Porque una Copa del Mundo con visas congeladas no es solo un problema de entradas: es un problema de dignidad. (Foto: El Mañana.Com).

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