Elecciones 2026: César Acuña y sus 13 candidatos sentenciados

Hay frases que deberían inhabilitar políticamente por su sola sinceridad. César Acuña, consultado por llevar 13 candidatos al Congreso con sentencias, eligió la defensa más peligrosa de todas: “Me acabo de enterar”. No es un desliz. Es la admisión pública de que, en su partido, el filtro no es un sistema: es una casualidad. Y cuando la casualidad administra candidaturas, lo que se juega no es una elección: es la seguridad moral del Estado.

La frase tiene dos lecturas, ambas igual de alarmantes. Si Acuña realmente no sabía, entonces su liderazgo es decorativo: firma, aparece, aplaude… y se entera por la prensa. Si sí sabía y optó por la sorpresa, entonces su liderazgo es estratégico: se lava las manos antes de tocar el poder. En cualquier escenario, la conclusión es idéntica: APP funciona como máquina electoral, no como institución responsable.

Y no es un asunto menor, porque las sentencias no son un pie de página: son el corazón del problema. En la lista aparecen antecedentes por colusión (la palabra que el ciudadano entiende como “arreglo”), peculado (la palabra que el país sufre como “robo al Estado”), falsedad (la palabra que mata la confianza) y otras conductas que deberían activar, como mínimo, una alarma ética. Pero en la política peruana las alarmas suenan y, aun así, se sube el volumen de la música.

La mejor parte —la más mordaz— es el mecanismo de escape: “los eligió una Comisión Especial”. Magnífico. En el Perú, cuando algo sale mal, siempre existe una comisión: comisión para escoger, comisión para justificar, comisión para explicar, comisión para “investigar”. Comisiones para todo, excepto para prevenir. La comisión es el chaleco antibalas de la irresponsabilidad: absorbe el golpe mediático mientras el líder ensaya cara de sorpresa.

Lo que se está normalizando es brutal: el ciudadano necesita certificados, colas, pagos, requisitos y sanciones por cualquier infracción mínima; pero para aspirar a legislar basta con un carné, una campaña y una buena excusa. La democracia se vuelve un sistema donde al ciudadano se le pide conducta impecable y al candidato se le concede “contexto”.

Y luego viene la frase complementaria: “tengo que evaluar”. Evaluar después de inscribir es la definición exacta de la política como improvisación. Es como anunciar que se revisará el paracaídas cuando ya se saltó del avión. No hay error: hay método. Primero se inscribe; si estalla el escándalo, se “evalúa”.

La respuesta de Acuña no es solo insuficiente; es un síntoma de por qué el país está hastiado: porque se pide confianza mientras se ofrece desorden. Si un candidato presidencial no puede explicar cómo termina rodeado de 13 sentenciados, entonces no está listo para administrar un Estado.

Reflexión final
En 2026, la ciudadanía tiene que entender algo simple: el problema no es que Acuña “se haya enterado”. El problema es que esa frase suena creíble porque en el Perú la política se acostumbró a funcionar así: sin filtros, sin memoria y sin responsabilidad. Si el “me acabo de enterar” es el cimiento, lo que viene no es gobernabilidad: es un país administrado por sorpresa permanente, con el ciudadano pagando la factura. (Foto: ANP).

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