En la carrera hacia el 12 de abril, la política peruana ya no disputa ideas: disputa algoritmos. En los últimos 90 días, José Luna (Podemos Perú) y César Acuña (APP) han gastado más de S/599 mil en publicidad en Facebook. El dato no es un simple indicador de campaña digital; es el retrato de un modelo que privilegia la pantalla sobre la plaza pública, el spot sobre el plan y la repetición sobre la responsabilidad. Cuando el país exige respuestas, algunos candidatos responden con pauta.
Los números son elocuentes. Luna bordea los S/396 mil con más de 140 anuncios activos, además del gasto institucional de su partido. Acuña suma cerca de S/95 mil con más de 70 anuncios desde su página oficial. No estamos ante comunicación política: estamos ante ingeniería de visibilidad. El objetivo ya no es persuadir con argumentos, sino colonizar el feed del ciudadano hasta volverlo paisaje.
La plataforma muestra montos y cantidades, pero no despeja lo esencial: el origen real de los recursos ni la arquitectura financiera detrás de esta maquinaria publicitaria. Transparencia a medias: vitrina iluminada, almacén oscuro. Se ve cuánto se gasta, pero no quién realmente paga ni qué compromisos se compran con ese dinero.
La paradoja se vuelve áspera cuando se contrasta con la realidad. Acuña gobierna La Libertad, una región golpeada por extorsiones, sicariato y atentados. Allí, la urgencia no es aparecer más, sino proteger más. Sin embargo, la estrategia proyecta un mensaje inquietante: si no puedo resolver el problema, al menos puedo aparecer encima de él. La política sustituye gestión por presencia y convierte la inseguridad en fondo para el spot.
Luna, desde el Congreso, también elige el camino del algoritmo. Más anuncios que explicaciones, más segmentación que rendición de cuentas. La pauta evita lo incómodo: no obliga a detallar cómo se combatirá el crimen, cómo se reformará la justicia o cómo se administrará el presupuesto. Solo exige presupuesto y constancia. Así se consolida una democracia de superficie: brillante en redes, opaca en resultados.
Y conviene decirlo sin eufemismos: más apariciones en redes sociales no garantizan ser elegido. La repetición compra atención, no legitimidad. El algoritmo puede amplificar un mensaje; no puede fabricar confianza cuando la ciudadanía ya está saturada de promesas incumplidas.
Lo que estamos viendo no es modernización electoral, sino mercantilización de la política. Una contienda donde gana quien mejor pauta, no quien mejor gobierna. Donde el debate se sustituye por métricas y el ciudadano por “target”.
Reflexión final
Si el 2026 se decide por quién invierte más en Facebook, el Perú no elegirá liderazgo: elegirá alcance. Y un país no se gobierna con impresiones ni con videos bien editados, sino con prioridades claras, equipos competentes y decisiones difíciles. La publicidad puede comprar minutos de atención; lo que no puede comprar —ni con S/599 mil ni con millones— es la confianza que se construye con hechos. (Foto: La República).
