Donald Trump entregará el trofeo al campeón del Mundial 2026. No es un dato pintoresco para la previa: es el titular que revela cómo la FIFA entiende hoy el fútbol. La escena más sagrada del deporte —el capitán levantando la Copa— tendrá a un presidente como protagonista central. Y cuando la política se instala en la foto final, el torneo deja de ser solo competencia: se convierte en un acto de poder.
La FIFA intenta envolverlo en papel brillante: “unidad”, “paz”, “democracia del fútbol”. Pero el fondo es menos romántico y más práctico: el Mundial es el evento más rentable del planeta, y su imagen final es un activo estratégico. Por eso la entrega del trofeo no es un gesto neutro; es una decisión con peso simbólico global. Y si el rostro que aparece al lado del campeón es el del presidente de Estados Unidos, la FIFA no solo organiza un torneo: administra un relato.
El problema no es que un mandatario aparezca en una ceremonia. El problema es quién y cuándo. El Mundial 2026 se jugará en medio de tensiones internacionales, con el tema Groenlandia calentando la relación con Europa, y con voces que ya deslizan la posibilidad de boicot o retiro como medida extrema si el conflicto escala. En ese clima, colocar a Trump como “entregador oficial” del trofeo no es protocolo: es un mensaje de respaldo, una fotografía política anticipada, un guiño a la casa anfitriona en el momento más visto del torneo.
La FIFA, que presume independencia, termina actuando como notaría emocional del poder: certifica el triunfo deportivo mientras le regala al líder político el segundo de oro más poderoso en términos de imagen. Un Mundial con 48 selecciones, tres países sede y final el 19 de julio en el MetLife Stadium no necesita un “dueño de ceremonia”. Necesita reglas claras, neutralidad institucional y respeto por el espíritu deportivo.
Porque si el fútbol “une al mundo”, como repiten los discursos, ¿por qué la FIFA decide que el símbolo máximo del torneo lo entregue un actor que divide opiniones dentro y fuera de su país? ¿Por qué hipotecar el momento del campeón a una foto que inevitablemente será leída como propaganda, aunque se la disfrace de tradición?
Que Trump entregue la Copa no cambia el marcador, pero sí cambia el significado de la escena. Y eso es lo que la FIFA parece no querer admitir: el fútbol también se juega en la imagen.
Reflexión final
Un Mundial debería terminar con el equipo campeón en el centro y el deporte hablando por sí mismo. Si la FIFA insiste en convertir la ceremonia en vitrina política, luego no se sorprenda cuando el mundo responda politizando el torneo. La Copa no debería servir para coronar poder: debería servir para coronar fútbol.(Foto: EFE | Fotógrafo: Annabelle Gordon).
