FIFA convierte el Mundial 2026 en lujo y al hincha en cliente

La FIFA logró lo que parecía imposible: convertir el deporte más popular del planeta en una experiencia premium. El Mundial, que nació como fiesta de barrio global —de camiseta sudada, radio pegada al oído y pantalla compartida— hoy se vende como un lujo de vitrina. Con Havelange, Blatter e Infantino se consolidó el modelo: el fútbol como producto financiero, el hincha como cliente, y el “pueblo” como decoración de campaña. El Mundial 2026 será la postal perfecta de esa transformación: más grande, más caro y, para la mayoría, más lejano.

La privatización no empezó en los estadios, empezó en la señal. Hasta finales de los 90, en muchos países aún existía la idea de que el Mundial era un bien cultural: se veía en abierto, completo, sin pedir permiso a una plataforma. Desde 2002, el fútbol se encajonó: se fraccionó la transmisión, se vendió por paquetes y se normalizó que el evento más masivo del mundo tuviera barreras de entrada. Primero fue la televisión; luego vino el estadio. Y ahí sí, el portazo.

El Mundial 2026 será presentado como “inclusivo” por tener 48 selecciones. Pero esa palabra, en boca de la FIFA, suena cada vez más a marketing: inclusión para sumar países, ampliar mercados y vender más derechos; exclusión para el hincha de a pie cuando toca pagar entradas, viajes, hoteles y “paquetes oficiales” a precios que no conversan con la realidad latinoamericana. Es una inclusión estadística, no social.

Peor aún: a México le dejan partidos menos atractivos —las “sobras” del banquete— pero con precios igual de estratosféricos. Es el colmo del modelo: pagar como si fuera final, para ver partidos que ni la propia FIFA vendería como imperdibles si no fuera por la camiseta y el orgullo de estar “en un Mundial”. Y mientras el público se endeuda por una foto, el negocio real se cocina en Estados Unidos, donde se jugarán los cruces decisivos, los que venden historia y audiencias globales.

El asunto no es solo económico: es político. La FIFA se vende como apolítica, pero actúa como aliada silenciosa del poder. Con Infantino, el fútbol parece ponerse a disposición de gobiernos: se cuida la relación, se evita el roce, se calla ante contextos tensos. Y si el país que realmente organiza el torneo vive convulsión social, tensiones migratorias y represión —con comunidades enteras bajo sospecha— el deber moral sería exigir garantías claras para el hincha, especialmente el migrante y el latino. Pero la FIFA prefiere el silencio: el silencio es rentable, la denuncia no.

El Mundial 2026 no será solo el más caro y largo: será el Mundial donde la FIFA termine de sincerarse. No administra un deporte: administra una marca. No protege al aficionado: protege contratos. No defiende valores: defiende estabilidad para facturar.

Reflexión final
Un Mundial que expulsa al hincha común del estadio y lo encierra en suscripciones, paquetes y reventas no es “fiesta del pueblo”: es vitrina para elites. Y una FIFA que se calla ante abusos, discriminación o autoritarismos para no incomodar a los poderosos no es neutral: es funcional. La pregunta ya no es cuánto cuesta ver un partido. La pregunta es cuánto cuesta la dignidad del fútbol cuando se vende al mejor postor. (Foto: Panamerican World).

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