“El fútbol une al mundo”, repite Gianni Infantino como si fuera un salvoconducto moral. Pero acaba de llegar otra carta que no pide más cámaras, más himnos ni más marketing: pide lo básico. Seguridad. Dignidad. Vida. La advertencia es frontal: con el accionar del ICE y el clima de redadas y miedo, el Mundial 2026 en Estados Unidos corre el riesgo de convertirse en un evento global montado sobre una realidad que no es fiesta, sino tensión cotidiana.
La organización Codepink: Mujeres por la Paz puso por escrito lo que mucha gente ya murmura: viajar “para celebrar” puede ser, para miles, viajar “para exponerse”. Y lo más ácido del asunto es el contraste: la FIFA vende inclusión, pero el contexto que denuncian los activistas describe detenciones, discriminación, falta de debido proceso y violencia en frontera y dentro del país. En otras palabras, el hincha internacional no sería un invitado: sería un caso a evaluar.
La carta no es un panfleto. Es un espejo incómodo que la FIFA intenta cubrir con banderines. Señala que el ICE estaría “aterrorizando” precisamente a las comunidades que han sostenido el crecimiento del fútbol en EE.UU.: migrantes y latinos. Si eso es cierto, el Mundial 2026 tendría una contradicción brutal: la FIFA se beneficia de esas comunidades en las tribunas, en el consumo, en la pasión… pero tolera que vivan bajo el miedo. El fútbol “une”, sí: une al negocio con el silencio.
Infantino, en vez de responder con exigencias claras al anfitrión, insiste en el mantra. Y ahí está el problema: cuando el presidente de la FIFA elige el discurso por encima de la garantía, deja de ser dirigente deportivo y se vuelve vocero del espectáculo. La FIFA sabe imponer condiciones cuando le conviene. Sabe hablar de valores cuando la cámara apunta. Pero cuando el reclamo toca intereses del país organizador, la neutralidad se vuelve una sábana: tapa lo incómodo y protege al poderoso.
Y mientras tanto, el debate del boicot se asoma. No porque “odian el fútbol”, sino porque el Mundial no puede pedirle al mundo que viaje confiado cuando organizaciones advierten que el riesgo aumenta. Un evento global no se sostiene con slogans, se sostiene con reglas claras, protocolos públicos, mecanismos de protección y compromisos verificables. Si eso no existe, lo que hay es una apuesta: “que no pase nada”. Y apostar con vidas no es gestión: es irresponsabilidad.
Otra carta a Infantino no es ruido: es síntoma. Si la FIFA quiere un Mundial que realmente una, debe dejar de actuar como si la dignidad humana fuera un tema secundario frente a los contratos.
Reflexión final
Un Mundial debería ser un puente entre pueblos, no una ruta con miedo. Si el ICE “pone en riesgo vidas” y la FIFA responde con frases gastadas, entonces la institución no está defendiendo el fútbol: está defendiendo su negocio. Y cuando una organización elige el silencio ante una alerta de derechos, ya no es neutral. Es funcional. ( Foto: As – césar Olmedo).
