Hay silencios que gritan. Y el de Gianni Infantino frente al anuncio de que el ICE será “pieza clave” en la seguridad del Mundial 2026 es uno de ellos. Mientras Estados Unidos convierte la Copa del Mundo en un escenario de control migratorio, la FIFA guarda una calma que no es neutralidad: es conveniencia. El fútbol, ese que dicen “une al mundo”, hoy parece dispuesto a unirlo… bajo sospecha.
Todd Lyons, director del ICE, lo dijo sin rubor ante el Congreso: su agencia controlará la seguridad del torneo, de los turistas y de los estadios. Traducido al lenguaje de la calle: la frontera se muda a las tribunas. Y no como metáfora, sino como práctica. Agentes migratorios alrededor de los recintos, operativos en zonas de hinchas, comunidades enteras preguntándose si un viaje por fútbol puede terminar en una sala de detención.
Las organizaciones civiles ya lo advirtieron: hay riesgos reales de perfilamiento racial, detenciones arbitrarias y violaciones de derechos. La diputada Nellie Pou puso el dedo en la llaga: si los visitantes sienten que pueden ser encarcelados o retirados injustamente, el torneo se arruina. Pero para el ICE eso parece un “daño colateral”. Y para la FIFA, un tema incómodo que es mejor no tocar mientras la caja registradora siga sonando.
Infantino, que no pierde oportunidad para posar de estadista cuando hay cámaras, aquí ha optado por el mutismo estratégico. No hay defensa pública de los aficionados. No hay exigencia de garantías claras. No hay una línea roja frente a la instrumentalización del fútbol por una política migratoria que ya ha sido cuestionada dentro y fuera de Estados Unidos. Hay, eso sí, una fe inquebrantable en que todo “será un éxito”. Éxito para quién, es la pregunta que nadie en Zúrich quiere responder.
El mensaje que se envía al mundo es perverso: vengan a celebrar, pero acepten que serán vigilados. Compren entradas, pero entiendan que su acento, su piel o su pasaporte pueden convertirlos en sospechosos. El Mundial deja de ser un espacio de encuentro para convertirse en un corredor controlado, donde la alegría tiene permiso y la dignidad está en revisión.
Y mientras tanto, la FIFA sigue vendiendo su eslogan de unidad como si fuera mercancía en oferta. La misma institución que castiga a países por injerencias políticas ahora se hace la distraída cuando la política del miedo se sienta en primera fila del estadio. No es neutralidad: es doble rasero.
Un Mundial custodiado por el ICE y bendecido por el silencio de la FIFA no es un Mundial seguro: es un Mundial condicionado. La seguridad sin derechos es solo control con otro nombre.
Reflexión final
El fútbol no puede pedirle al mundo que crea en su magia mientras tolera que una parte del mundo sea tratada como riesgo. Infantino calla, el ICE avanza y la fiesta se convierte en examen. Quizá el Mundial 2026 tenga estadios llenos. Lo que no tendrá, si esto sigue así, es autoridad moral para seguir diciendo que el fútbol pertenece a todos. (Foto: EFE/EPA/ Cristobal Herrera- Ulashkevich).
