En el fútbol peruano, donde muchas veces la conversación se va por la espuma del día a día, existen decisiones que valen más que cualquier titular pasajero: las que construyen memoria y refuerzan identidad. Que el FBC Melgar haya decidido que la tribuna Oriente del Estadio Monumental de la UNSA lleve el nombre de Bernardo Cuesta no es un gesto decorativo. Es una acción institucional, con peso simbólico, que reconoce en vida a un futbolista emblemático y devuelve al hincha una certeza: hay clubes que entienden que su historia se honra, se cuida y se celebra. Y ese mensaje —tan simple y tan poderoso— debería ser imitado por el resto de instituciones del país.
Bernardo Cuesta no es solo un delantero “importante”. Cuesta es un referente en el sentido más completo de la palabra: trayectoria, liderazgo, compromiso y una relación profunda con la camiseta. En un deporte que muchas veces premia lo fugaz —el gol de moda, la promesa del mes, el fichaje de portada—, Cuesta representa lo contrario: permanencia con rendimiento, continuidad con carácter. El club lo explica con hechos: Cuesta llegó a los 198 goles con la camiseta rojinegra —una cifra que atraviesa los 110 años de historia del “León del Sur”— y superó a Eduardo “Patato” Márquez. Por eso el homenaje no se entiende solo como un premio a los goles, sino como un reconocimiento a una manera de estar en el club: profesional, ejemplar y, sobre todo, influyente dentro del vestuario y fuera de él.
Nombrar una tribuna con el nombre de un jugador es, en el fondo, una forma de decirle al hincha: “esto que vivimos juntos no se borra”. Cada grada es un espacio de historias compartidas: familias que van juntas, niños que aprenden a amar una camiseta, generaciones que heredan cantos y rituales. Si ese espacio se llama “Tribuna Bernardo Cuesta”, entonces el club está transformando la admiración popular en patrimonio institucional. Está convirtiendo la emoción en legado.
Aquí aparece un punto clave que merece destacarse con claridad: esta decisión no nace de la casualidad. Responde a un criterio de conducción que, en el caso de Melgar, ha sido visible en los últimos años. Por eso es justo reconocer a Jader Rizqallah y Ricardo Bettocchi, directivos que han sostenido un manejo administrativo, deportivo e institucional con visión de club. En un medio donde tantas veces se improvisa, donde se cambia de rumbo con facilidad y donde se subestima el valor de la gestión, Melgar muestra que la institucionalidad también se construye con gestos como este: con decisiones que fortalecen pertenencia, ordenan el relato del club y dignifican a sus símbolos.
Además, el homenaje se vuelve más auténtico cuando se entiende como un acto que conecta a la institución con su gente. El reconocimiento a Cuesta no es solo una mención protocolar: es una forma de abrazar a la familia rojinegra y decirle que sus ídolos no serán descartables. Que el club sabe mirar su historia con gratitud, no con amnesia.
La “Tribuna Bernardo Cuesta” es más que un nombre nuevo en el Estadio Monumental de la UNSA. Es una lección de respeto. Melgar demuestra que la grandeza no se mide únicamente por lo que se gana, sino por la capacidad de honrar a quienes encarnan el espíritu del club. Reconocer a un jugador ejemplar, emblemático y profundamente identificado con la institución eleva el estándar del fútbol peruano y marca un camino que otros deberían seguir.
Reflexión final
Ojalá este homenaje no sea una rareza, sino un precedente. El fútbol peruano necesita más clubes que sepan agradecer, más directivos que entiendan que la identidad se gestiona, y más decisiones que construyan futuro sin renunciar a la memoria. Porque cuando un club reconoce a un ídolo en vida, no solo homenajea a un jugador: educa a su hinchada, fortalece su cultura y dignifica su historia. (Foto: Conmebol).
