A cien días del Mundial 2026, la FIFA insiste en vender “fiesta” mientras el planeta le grita “alerta”. Un torneo que se estira a 48 selecciones y 104 partidos, con sedes repartidas a lo largo de miles de kilómetros, no solo requiere logística: exige estabilidad mínima. Y hoy, esa estabilidad se está convirtiendo en un lujo. Entre la tensión en Oriente Medio —tras reportes de la muerte de Alí Jameneí— y la violencia en México tras la caída de “El Mencho”, el Mundial ya no parece un evento deportivo: parece una prueba de estrés para gobiernos, fronteras y seguridad pública.
Gianni Infantino prometió “104 Super Bowls” y miles de millones en ingresos. La cifra suena impresionante… hasta que uno recuerda que el dinero no detiene misiles, no apaga carreteras bloqueadas y no borra el miedo.
En Estados Unidos, el foco de la mayoría de partidos, la política migratoria endurecida y las restricciones de visado a decenas de países ya metieron la sospecha en la maleta del hincha: ¿quién entra, quién no, quién “califica” como turista aceptable? Y el Mundial, que se promociona como una celebración universal, comienza a parecer un filtro: el fútbol “para todos”… siempre que pases el control.
En México, el otro frente es igual de serio, solo que más ruidoso: tras la muerte del líder del CJNG, la represalia criminal mostró músculo con incendios, bloqueos y terror en zonas claves, afectando incluso la normalidad en destinos como Puerto Vallarta y poniendo bajo lupa a Jalisco, área sensible por su cercanía con sedes futbolísticas. Aquí el problema no es un partido: es el mensaje de poder paralelo que se exhibe sin pudor. Y cuando la seguridad se negocia “por debajo”, el ciudadano paga el precio por encima.
¿Y la FIFA? En modo “observación”. Su secretario general admite que siguen la evolución “en todos los frentes”, sin entrar en detalles. Es el idioma corporativo perfecto: decir que miran, sin comprometerse a actuar.
El Mundial 2026 se está cocinando entre tensiones geopolíticas, violencia organizada y controles migratorios que pueden desincentivar viajes. Y cuando el miedo entra al calendario, la pelota deja de ser el centro.
Reflexión final
Aquí va el llamado: a los gobiernos anfitriones, transparencia y planes verificables, no frases de ocasión. A la FIFA, menos marketing y más rendición de cuentas: protocolos públicos, criterios claros para reubicaciones y garantías reales para selecciones e hinchas, sin privilegios. Y a las autoridades de control y seguridad, actuar antes de la tragedia, no después del titular. Porque un Mundial puede mover miles de millones, sí; pero si normaliza el riesgo y maquilla la violencia, lo que deja no es legado: es vergüenza global. (Foto: El Colombiano).
