Este miércoles 4 de marzo, el Círculo de Periodistas Deportivos del Perú (CPDP) convoca a una Asamblea General Extraordinaria nacional. No es una cita protocolar ni un trámite gremial más: es el punto de quiebre para denunciar, documentar, tomar acciones legales y aprobar acuerdos institucionales frente a una acusación de máxima gravedad: que el CPDP está secuestrado por un usurpador desde 2023. Y cuando un gremio debe reunirse en modo “emergencia”, no es por diferencias de estilo; es porque la institucionalidad está siendo empujada al abismo.
El CPDP, está tomada. No es un adjetivo exagerado: es la forma correcta de nombrar lo que ocurre cuando un usurpador se instala, se arroga representación y pretende que el gremio acepte la captura como “normalidad”. El punto central no es solo quién ocupa el cargo, sino para qué: el usurpador busca perpetuarse en el poder para seguir usufructuando de la institución y de sus recursos, incluyendo activos valorizados en más de dos millones de dólares. En un país donde el patrimonio suele despertar más vocaciones que la ética, ese dato no es accesorio: es el corazón del problema.
El usurpador no está defendiendo una visión gremial; está defendiendo una posición de control. Y cuando alguien se aferra a un cargo gremial, no se aferra a un escritorio: se aferra al sello, al padrón, a las decisiones, a las instalaciones, a los cobros por carnet, a la administración cotidiana y a las llaves —literal y simbólicamente— de una institución que pertenece a todos los circulistas, no a una facción. El poder, en estas condiciones, no es un encargo: es una caja de herramientas para mandar, cobrar y decidir.
Por eso el secuestro institucional suele operar con una lógica reiterada: se invoca “lo legal” como disfraz, se fuerzan interpretaciones, se estiran plazos, se desgasta a la base con trámites y discusiones interminables, y se intenta imponer una idea peligrosa: que el tiempo legitima el abuso. Pero el tiempo no legitima nada; solo consolida cuando el gremio se ausenta. Cada socio que no va, cada circulista que se resigna, cada voz que se calla, es un ladrillo más en la muralla que protege al usurpador.
En este contexto, la Asamblea Extraordinaria del 4 de marzo tiene un sentido estrictamente institucional: recuperar la legitimidad y cortar la captura. No es una reunión para “conversar” mientras el usurpador sigue mandando. Es una asamblea para denunciar, documentar, decidir y actuar con respaldo formal. Por eso, la agenda implícita —y urgente— debe quedar clara y por escrito:
1.- Definir qué medidas se adoptarán contra el usurpador.
2.- Diseñar estratégias y acciones legales inmediatas.
3.- Adoptar acuerdos institucionales vinculantes contra el secuestro institucional.
4.- Activar acciones y denuncias ante el Ministerio Público, Defensoría del Pueblo, Policía Nacional y demás instancias competentes, con hechos y documentación.
5.- Comunicar el secuestro a instancias nacionales e internacionales, incluida la AIPS, y a federaciones y entidades deportivas del país, para impedir que alguien legitime —por desconocimiento o conveniencia— a una dirigencia cuestionada y usurpadora.
Porque aquí no se disputa solo una presidencia: se disputa el derecho de los socios a que el CPDP no sea administrado como botín. Un gremio periodístico sin institucionalidad es un gremio sin autoridad moral. Y un gremio sin autoridad moral queda reducido a lo que el usurpador necesita: una institución sin defensa, sin voz y sin músculo.
Si el CPDP está secuestrado, no se “administra” la crisis: se desaloja al usurpador. Y el desalojo no se logra con comunicados tibios ni con indignación de pasillo, sino con presencia masiva, quórum verificable, actas contundentes y decisiones ejecutables. Porque cada día que el gremio tolera la captura, el usurpador gana dos cosas: tiempo para afianzarse y control para disponer de la institución como si fuera su propiedad. La alternativa es clara y brutal: o el CPDP recupera su legitimidad, o quedará reducido a una fachada con sello prestado, donde la “representación” será solo un papel firmado por quien no representa a nadie.
Reflexión final
Esta asamblea es “vida o muerte” por una razón incómoda: el usurpador no se sostiene solo por su audacia, sino por la pasividad ajena. Se aferra porque sabe que el cansancio, el miedo y la indiferencia son sus mejores aliados. Y mientras algunos dudan, él cobra, administra, maneja llaves, controla carnets y se comporta como si el patrimonio del gremio —valuado en más de dos millones de dólares— fuera premio por insistencia. Si los circulistas no asisten, no será “una oportunidad perdida”: será una señal de rendición, el permiso tácito para que la usurpación se convierta en régimen. Pero si asisten, fiscalizan y votan con firmeza —y activan la ruta legal y las denuncias nacionales e internacionales— el CPDP puede volver a respirar. En este partido no hay empate: o se libera el gremio, o se oficializa el secuestro. El usurpador, ni un minuto más.
