Después de las últimas crisis electorales, la pregunta ya no parece exagerada, sino urgente y necesaria: ¿se deberÃa crear una nueva entidad electoral en el Perú? Lo ocurrido en los recientes procesos, con fallas logÃsticas, mesas no instaladas a tiempo, ampliación improvisada de la jornada de votación, actas observadas, demoras excesivas en el conteo y una creciente desconfianza ciudadana, ha dejado una conclusión incómoda pero evidente. El modelo actual muestra signos claros de agotamiento institucional. Cuando votar deja de ser una garantÃa democrática y se convierte en una experiencia de incertidumbre, el problema ya no es administrativo; es estructural.
Hoy el sistema electoral peruano está dividido entre la ONPE, el Jurado Nacional de Elecciones y el Reniec. En teorÃa, esta separación debÃa garantizar equilibrio, control y transparencia. La ONPE organiza las elecciones, el JNE fiscaliza y resuelve controversias, y Reniec administra la identificación y el padrón electoral. Sobre el papel, el diseño parece sólido. En la práctica, demasiadas veces ha demostrado ser un entramado burocrático lento, costoso y con responsabilidades dispersas.
Cuando hay retrasos en la entrega del material electoral, la ONPE explica procedimientos. Cuando aparecen pedidos de nulidad o cuestionamientos al proceso, el JNE interviene. Cuando surgen observaciones sobre el padrón, Reniec responde. Cada institución defiende su parcela, pero el ciudadano observa el resultado completo: caos, retrasos, desconfianza y la sensación de que todos participan, pero nadie responde plenamente por el fracaso.
La reciente renuncia de Piero Corvetto, las investigaciones fiscales, los cuestionamientos a Roberto Burneo y la crisis generada por miles de ciudadanos que no pudieron votar a tiempo no son hechos aislados. Son sÃntomas de un sistema que ha perdido credibilidad. No basta cambiar nombres ni sacrificar funcionarios para calmar la indignación pública. El problema no es solo quién dirige, sino cómo está construido el modelo.
Por eso el Perú debe discutir seriamente la creación de una sola Autoridad Nacional Electoral: autónoma, moderna, técnica, digitalizada y verdaderamente profesionalizada. No una nueva oficina para engordar el Estado, sino una institución integral que unifique funciones esenciales, elimine duplicidades, reduzca tiempos de respuesta y establezca una lÃnea clara de responsabilidad polÃtica e institucional.
Una entidad con carrera pública especializada en gestión electoral, con tecnologÃa de trazabilidad en tiempo real para el material electoral, auditorÃas permanentes, supervisión ciudadana, observación internacional, inteligencia de datos, control preventivo anticorrupción y protocolos de transparencia absoluta. Una institución que no improvise cada cinco años, sino que trabaje permanentemente fortaleciendo la democracia.
PaÃses como México, Chile y Colombia han modernizado sus sistemas con organismos más eficientes y con mejores niveles de control técnico. No se trata de copiar modelos extranjeros de forma mecánica, sino de entender una lección básica: cuando demasiadas instituciones comparten el poder, también comparten la excusa.
Crear una nueva entidad electoral no debe ser una reacción emocional ni una consigna oportunista de campaña. Debe ser una reforma profunda, seria y de largo plazo. Si el modelo actual ya no garantiza confianza suficiente, insistir en conservarlo por costumbre serÃa simplemente administrar el deterioro democrático con lenguaje técnico.
Reflexión final
La democracia no se sostiene únicamente con discursos sobre transparencia o llamados a la calma institucional. Se sostiene con instituciones que generen credibilidad real. El Perú no puede seguir entrando a cada elección como quien se prepara para una crisis anunciada. Una sola autoridad electoral, fuerte, moderna y blindada frente a intereses polÃticos, no resolverá todos los problemas, pero sà puede evitar que el paÃs continúe atrapado en el mismo ritual: votar entre dudas, esperar entre sospechas y terminar resignándose a que el desorden también forma parte del sistema. Y cuando una república se acostumbra a eso, el verdadero fraude ya no está en las urnas, sino en la normalización del fracaso. Foto Composición: lacajanegra.blog
