El 18% del electorado decidió su voto el mismo día de la elección

Que el 18% del electorado haya decidido su voto el mismo día de la elección no es una simple estadística: es una advertencia seria sobre la fragilidad de nuestra democracia. Casi uno de cada cinco ciudadanos llegó a la urna sin una convicción firme, en medio de campañas agresivas, promesas débiles, desinformación y una profunda desconfianza hacia la clase política. En un país cansado de crisis, corrupción e inseguridad, votar a última hora no siempre expresa libertad plena; muchas veces revela desencanto, confusión y falta de representación.

Según la encuesta del IEP, este porcentaje confirma que una parte importante del país votó en el último minuto. No necesariamente por entusiasmo democrático, sino muchas veces por descarte, temor, cansancio o rechazo al mal menor. El elector peruano parece obligado a elegir entre opciones que no terminan de convencerlo, partidos sin arraigo territorial y candidatos que aparecen más preocupados por atacar al adversario que por explicar cómo resolverán los problemas reales: delincuencia, empleo precario, salud abandonada, educación desigual y deterioro institucional.

El dato es aún más preocupante porque no aparece aislado. Otro 25% decidió su voto una semana antes, mientras solo el 37% lo tenía definido meses antes. Es decir, una porción considerable del electorado se mueve en una zona de alta volatilidad. En términos políticos, esto significa que las campañas de último tramo, los debates, las redes sociales, los escándalos y hasta el miedo pueden terminar pesando más que los programas de gobierno. La decisión electoral se vuelve vulnerable al impacto emocional del último mensaje, del último video viral o de la última acusación.

La responsabilidad no recae únicamente en el ciudadano que duda. Recae, sobre todo, en un sistema político incapaz de construir confianza. Los partidos han dejado de formar militantes, educar políticamente y presentar propuestas consistentes. Hoy demasiadas campañas parecen diseñadas para sobrevivir al momento, no para gobernar un país. Se pide el voto, pero no se construye credibilidad. Se promete cambio, pero se repiten prácticas que han llevado al Perú al hartazgo.

El 18% que decidió su voto el mismo día revela una crisis de representación. Cuando el elector espera hasta el último instante, no está actuando con ligereza; está diciendo que nadie logró convencerlo antes.

Reflexión final
Una democracia no debería depender del impulso final frente a la cédula. El voto necesita información, confianza y sentido de futuro. Si el Perú sigue votando entre la duda y el desencanto, los resultados podrán ser legales, pero la representación seguirá llegando herida desde la propia urna. (Foto: Andina).

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