La ONPE no usará la herramienta STAE en la segunda vuelta presidencial. La decisión parece técnica, pero políticamente suena a rendición. El sistema que debía apoyar el escrutinio, reducir errores y acelerar el llenado de actas terminó fuera del proceso justo cuando el país más necesita confianza, precisión y transparencia. Después de vender modernización, eficiencia y salto digital, el Perú vuelve al acta manual, al lapicero, al traslado físico y a la espera ansiosa. Una democracia del siglo XXI administrada con reflejos del siglo pasado.
Lo grave no es únicamente que el STAE haya presentado fallas en la primera vuelta. Lo verdaderamente preocupante es que la respuesta institucional haya sido retirarlo, como quien guarda en silencio aquello que no supo implementar. Si hubo laptops sin acceso, impresoras sin tinta, contraseñas inexistentes o miembros de mesa sin capacitación suficiente, entonces el problema no fue la tecnología: fue la gestión. Fue la improvisación presentada como innovación.
En elecciones no se puede experimentar con la confianza ciudadana. No se ensaya sobre millones de votos. No se lanza una herramienta digital para descubrir en plena jornada que el soporte técnico, la logística y la capacitación no estaban a la altura. La tecnología electoral exige auditoría, pruebas previas, protocolos claros y personal entrenado. Sin eso, cualquier “modernización” se convierte en escenografía institucional.
El retiro del STAE golpea especialmente porque Lima y Callao concentran más de ocho millones de electores, cerca de un tercio del padrón nacional. Volver al llenado manual puede significar más demora, más actas observadas, mayor margen de error humano y un terreno fértil para sospechas. En un país políticamente crispado, cada retraso se vuelve rumor; cada acta mal llenada, combustible; cada silencio oficial, una invitación a la desconfianza.
Por eso esta decisión no debería pasar como simple ajuste operativo. Es una señal de agotamiento del modelo electoral. El Perú necesita una entidad electoral moderna, autónoma, técnica y profesionalizada, no una institución que oscila entre el discurso digital y el retorno apresurado al papel. Si el sistema falló, alguien debe explicar por qué se implementó. Si no estaba listo, alguien debe asumir responsabilidad. Y si se retiró, alguien debe garantizar que el nuevo proceso manual no se convierta en otro festival de errores.
La ONPE no necesita frases tranquilizadoras. Necesita reforma, auditoría y rendición de cuentas. La confianza no se decreta; se construye con eficiencia, transparencia y capacidad real.
Reflexión final
El STAE no fue derrotado por enemigos externos ni por una conspiración tecnológica. Cayó por precariedad, falta de previsión y debilidad institucional. Y cuando la modernización electoral se apaga sola, no solo falla una herramienta: retrocede la democracia. (Foto: Onpe).
