El dólar volvió a superar la barrera de los S/3,50 y alcanzó su nivel más alto en ocho meses, mientras el sol peruano mostró uno de sus peores desempeños recientes en la región. No es un simple movimiento de pantalla cambiaria ni una noticia para especialistas: cuando el dólar sube, el impacto baja directo al bolsillo del ciudadano. Importaciones, combustibles, alimentos, pasajes, deudas y expectativas empiezan a moverse al ritmo de una moneda que vuelve a recordarnos lo frágil que puede ser nuestra estabilidad. El 29 de abril, el BCRP reportó un cierre de S/3,5240 por dólar; el 30 de abril bajó a S/3,5090, pero siguió por encima de S/3,50.
El problema no está solo en la cotización, sino en lo que revela. Según el BCRP, al 28 de abril el tipo de cambio interbancario cerró en S/3,5150, con una depreciación acumulada del sol de 4,49% frente al cierre de 2025. En cristiano: el sol perdió fuerza y el dólar ganó terreno en un contexto marcado por incertidumbre electoral, presiones externas y volatilidad internacional.
El país ya conoce este libreto. Primero se dice que el movimiento es temporal. Luego se culpa al contexto externo. Después se invoca la fortaleza macroeconómica. Y, finalmente, quien termina pagando es el ciudadano común: el transportista que compra combustible, el pequeño empresario que importa insumos, la familia endeudada en dólares y el consumidor que descubre que la inflación no necesita pedir permiso para entrar a la mesa.
Claro que hay factores internacionales. La Reserva Federal mantiene cautela frente al precio de la energía y la inflación en Estados Unidos; además, los conflictos globales presionan los mercados. Pero tampoco podemos lavarnos las manos. La incertidumbre electoral y la debilidad política local han golpeado la confianza, y esa factura no la paga el discurso oficial: la paga el mercado, la paga el sol y la paga la gente.
Lo más irónico es que el Perú se acostumbró a presumir estabilidad mientras descuida las bases que la sostienen. Tenemos Banco Central serio, sí. Pero también tenemos política impredecible, inversión débil, informalidad masiva y un Estado que muchas veces reacciona tarde. Así, hasta una moneda históricamente fuerte puede empezar a mostrar grietas.
El alza del dólar no debe tratarse como una anécdota financiera. Es una señal de alerta sobre la confianza, la gobernabilidad y el costo de la incertidumbre. Una economía puede resistir turbulencias externas, pero se debilita cuando internamente nadie transmite rumbo.
Reflexión final
El dólar sube, el sol cae y el ciudadano entiende lo que la política suele negar: la crisis también se mide en monedas. Y cuando el país pierde confianza, el tipo de cambio no solo refleja mercado; refleja desgobierno. (Foto: el Kambista).
