La participación de la Selección Peruana Femenina Sub-17 en el Sudamericano Paraguay 2026 no solo deja resultados adversos. Deja, sobre todo, una radiografía incómoda del fútbol peruano. La derrota 0-3 ante Uruguay, el empate 1-1 con Ecuador y la dura caída 0-5 frente a Brasil colocan a Perú en el último lugar del Grupo B, con apenas un punto y una diferencia de gol de -8. Pero el problema no son las chicas. El problema es el sistema que las manda a competir sin una estructura a la altura.
Sería injusto convertir a las futbolistas en responsables de una crisis que no provocaron. Ellas hacen lo que humanamente pueden, compiten con orgullo y defienden una camiseta que muchas veces pesa más por abandono institucional que por historia deportiva. Frente a selecciones con procesos más sólidos, mayor competencia interna y mejores condiciones de preparación, Perú vuelve a exhibir sus carencias de fondo.
El fútbol peruano no tiene una hoja de ruta seria para el desarrollo femenino. No existe un plan nacional robusto de captación de talento, formación de menores, competencia regular, nutrición, psicología deportiva, infraestructura descentralizada y acompañamiento integral. Se improvisa demasiado y se planifica muy poco. Luego, cuando llegan las derrotas internacionales, algunos se sorprenden como si el resultado no hubiera sido anunciado por años de desidia.
La Sub-17 femenina desnuda una verdad que incomoda: el problema no es solo de una categoría ni de un torneo. Es el fracaso de un ecosistema futbolístico que tampoco funciona en la Liga 1, la Liga 2, las divisiones menores ni en muchos procesos de selección. El modelo actual es débil, desordenado e improductivo. Forma poco, compite mal y reacciona tarde.
Por eso, el Perú necesita con urgencia un Plan Nacional de Desarrollo del Fútbol Femenino y Masculino a largo plazo, con metas claras hacia 2035 o 2040. No basta con convocar selecciones cuando hay torneos internacionales. Hay que formar desde niñas y niños, fortalecer clubes, crear ligas juveniles competitivas, profesionalizar entrenadores, descentralizar el scouting, invertir en infraestructura y garantizar continuidad. Sin planificación, cualquier resultado positivo será apenas una excepción, no una consecuencia.
Brasil no golea solo por talento. Golea porque tiene estructura, liga, inversión y continuidad. Perú, en cambio, sigue esperando milagros de jugadoras jóvenes a las que no siempre se les da lo mínimo para competir con dignidad. Esa es la gran injusticia: exigir resultados profesionales desde condiciones todavía precarias.
La Selección Sub-17 femenina no debe ser usada como blanco de crítica fácil. Debe ser vista como una advertencia. Si el Perú quiere competir, necesita construir desde abajo, invertir con seriedad y dejar de tratar al fútbol femenino como una obligación secundaria.
Reflexión final
Cuando una selección menor cae, no solo pierde un partido. También se revela todo lo que el país no hizo antes. La Sub-17 femenina ha desnudado la crisis del fútbol peruano. Ahora falta saber si los dirigentes tendrán la valentía de mirar esa realidad sin excusas. (Foto: Archivo FPF).
