Automovilismo peruano: pilotos rehenes de una guerra dirigencial

El automovilismo peruano atraviesa una de sus curvas más peligrosas, pero esta vez el riesgo no está en la pista, ni en una ruta de montaña, ni en una mala maniobra a alta velocidad. El peligro está en los escritorios. El conflicto entre el Touring y Automóvil Club del Perú, reconocido por la FIA como Autoridad Deportiva Nacional, y la Federación Peruana de Automovilismo Deportivo, reconocida por el IPD dentro del sistema deportivo peruano, ha vuelto a poner al automovilismo en estado de incertidumbre. Lo vergonzoso no es solo la disputa por competencias, licencias o reconocimiento. Lo repudiable es que los pilotos, verdaderos protagonistas del automovilismo, terminan pagando la factura de una guerra dirigencial que parece no tener meta de llegada.

La raíz del problema es una dualidad institucional que el país arrastra desde hace años. El Touring sostiene su autoridad internacional porque la Comisión de Deporte Automotor del TACP se presenta como la única autoridad deportiva nacional reconocida por la FIA en el Perú y encargada de regular el deporte bajo el Código Deportivo Internacional. La FEPAD, en cambio, defiende su legitimidad nacional bajo el paraguas del IPD y reclama autonomía para organizar campeonatos peruanos, entre ellos pruebas emblemáticas como Caminos del Inca.

En teoría, ambas instituciones deberían complementarse: una conectando al Perú con el mundo y otra promoviendo el desarrollo interno. En la práctica, han construido una muralla de desconfianza donde cada comunicado parece una acelerada más hacia el choque. El resultado es absurdo: el piloto debe preguntarse no solo si su auto está listo, si tiene presupuesto o si su equipo llega completo, sino si la carrera en la que participará será reconocida, cuestionada o usada luego como argumento para una sanción.

La ruptura de julio de 2026 reabrió la herida. El Touring comunicó que solo respalda competencias avaladas por la FIA y recomendó a pilotos, clubes y organizadores verificar el reconocimiento de los eventos en los que participan. Medios especializados recogieron esta posición como un nuevo capítulo de la separación entre el TACP y las federaciones nacionales vinculadas al automovilismo y kartismo. Allí aparece el drama: quien aspire a competir internacionalmente, correr un Dakar, un campeonato CODASUR, un evento FIA o proyectarse fuera del país, debe cuidar su licencia como si fuera una visa deportiva. Pero quien quiere correr campeonatos nacionales reconocidos por el sistema peruano también necesita calendario, continuidad y seguridad jurídica.

El Perú tiene talento, geografía, tradición y pilotos capaces de competir internacionalmente. Lo que no tiene es una gobernanza madura, estable y confiable. La situación es más grave porque afecta a toda la cadena. Los auspiciadores se alejan cuando no saben si una carrera será válida, impugnada o debilitada por pugnas institucionales. Las marcas automotrices, combustibles, lubricantes, neumáticos y empresas privadas no invierten con entusiasmo en un deporte donde el mayor obstáculo no es la competencia, sino la incertidumbre. Los clubes regionales también pierden, porque quedan atrapados entre normas internacionales, reglamentos nacionales y una realidad económica muchas veces ignorada desde Lima.

El argumento de seguridad tampoco puede ser usado como arma política. La homologación FIA, las jaulas, cascos, sistemas de extinción, licencias, protocolos médicos y estándares técnicos son indispensables. Pero la legitimidad nacional y el desarrollo territorial también lo son. No se puede defender la seguridad destruyendo la participación. Tampoco se puede defender la autonomía local desconociendo estándares internacionales. El automovilismo necesita orden, no trincheras.

El Touring y la FEPAD deben entender que ninguna institución está por encima del deporte. La solución no pasa por comunicados altisonantes ni por advertencias que siembran miedo. Pasa por una mesa técnica vinculante, supervisión transparente, calendario único, licencias claras, respeto al Código Deportivo Internacional y reconocimiento del marco deportivo peruano. La seguridad FIA y la legalidad nacional no deberían competir; deberían integrarse.

Reflexión final
El automovilismo peruano no se está quedando sin pilotos. Se está quedando sin paciencia. Mientras los dirigentes disputan autoridad, los corredores pierden oportunidades, las marcas se alejan y el país desperdicia una tradición que podría crecer. La pista está lista, el talento existe y la afición responde. Lo que falta es grandeza dirigencial. Porque cuando el volante se convierte en trofeo de poder, el deporte no avanza: se queda varado en la cuneta de la burocracia. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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