Lima vuelve a mirar las elecciones municipales con una mezcla de cansancio, desconfianza y resignación. A pocos meses de los comicios regionales y municipales del 4 de octubre, más del 30% de limeños aún no sabe por quién votar o prefiere no hacerlo por ninguna opción. No es un detalle menor: es una señal de alarma democrática. Cuando uno de cada tres electores no encuentra una alternativa convincente, el problema no está solo en las encuestas, sino en la pobreza de la oferta política.
Según una encuesta de Datum difundida por El Comercio y recogida por Infobae, el 16,3% de electores limeños aún no sabe por quién votar, mientras que el 15,3% afirma que votará por ninguno, en blanco o viciado. En conjunto, ese bloque llega al 32,1%, una cifra que supera largamente a cualquier candidato individual y que revela una capital electoralmente abierta, pero emocionalmente agotada.
El actual alcalde de Surco, Carlos Bruce, encabeza la intención de voto con apenas 12,3%. Le siguen Francis Allison con 11,3%, Daniel Urresti con 10,3%, Luis Rubio con 7,5%, Ricardo Belmont con 7,3% y Susel Paredes con 6,8%. Es decir, nadie domina el escenario. Nadie entusiasma de verdad. Nadie parece haber logrado convertirse, por ahora, en una respuesta clara para una ciudad desbordada por el tráfico, la inseguridad, el desorden urbano, el abandono de espacios públicos y la sensación de que Lima crece sin brújula.
La cifra de indecisos y votos de rechazo debería preocupar más que cualquier foto de campaña. Porque no expresa neutralidad, sino hartazgo. Lima no está esperando globos, jingles ni caminatas calculadas. Está esperando propuestas serias sobre transporte, seguridad ciudadana, fiscalización, vivienda, limpieza pública, informalidad, comercio ambulatorio, recuperación del Centro Histórico y planificación metropolitana.
También resulta revelador que el 48% considere que hay “algunas buenas opciones”, mientras solo el 16% cree que existen “muy buenas opciones”. En contraste, el 30% opina que no hay candidatos atractivos. Esa percepción resume el drama: la capital no rechaza la democracia, rechaza una política que muchas veces se presenta sin grandeza, sin visión y sin capacidad de convencer.
El voto limeño no está dormido; está desconfiado. Y esa desconfianza no nació de la nada. Es consecuencia de gestiones incompletas, promesas incumplidas, campañas personalistas y partidos que aparecen cada cuatro años como si la memoria ciudadana fuera descartable.
La encuesta no solo mide preferencias: desnuda una crisis de representación. Si el mayor bloque electoral está entre los que dudan, rechazan o se abstienen emocionalmente, los candidatos deberían leer menos sus paneles y escuchar más la calle.
Reflexión final
Lima no necesita otro alcalde elegido por descarte. Necesita una autoridad con plan, carácter democrático y respeto por la ciudad. Porque cuando la esperanza ciudadana cae por debajo de la propaganda, la urna deja de ser una fiesta cívica y se convierte en un reclamo silencioso. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
