El panorama de Infantino para la reelección en la FIFA 2031

Gianni Infantino busca seguir al frente de la FIFA hasta 2031. La ambición no sorprende: quien controla la organización más poderosa del fútbol mundial rara vez abandona el trono por voluntad propia. Pero el panorama para su reelección en 2027 ya no luce tan cómodo como antes. Tras el Mundial 2026, Infantino llega con ingresos récord, una maquinaria electoral aceitada y una red global de apoyos; pero también con desgaste, cuestionamientos políticos, críticas europeas y una sospecha creciente: la FIFA factura como imperio, pero rinde cuentas como palacio cerrado.

El propio Infantino anunció ante el Congreso de la FIFA que se presentará a la reelección en 2027. El mandato cubriría el ciclo 2027-2031, y el organismo ha destacado que sus inversiones para ese periodo aumentarían hasta 2.700 millones de dólares dentro del programa FIFA Forward. Sobre el papel, el discurso es impecable: desarrollo, inversión, crecimiento y expansión. Pero la pregunta incómoda es otra: ¿ese crecimiento fortalece al fútbol o fortalece el poder de quien reparte los recursos?

Infantino tiene una ventaja enorme: el sistema electoral. Votan 211 federaciones nacionales y cada una tiene el mismo valor. Ese modelo puede parecer democrático, pero también facilita la construcción de lealtades mediante fondos, proyectos, viajes, promesas y respaldo político. En la FIFA, muchas veces no gana quien propone más transparencia, sino quien administra mejor la dependencia. Por eso, aunque Europa empiece a incomodarse, derrotar a Infantino exige algo más que malestar: exige una candidatura fuerte, articulada y valiente.

El Mundial 2026 dejó una doble lectura. Para la FIFA, fue una mina de oro. The Guardian informó que las proyecciones de ingresos del ciclo actual subieron de 11.000 a 15.000 millones de dólares, impulsadas principalmente por entradas y hospitalidad. Para el hincha común, en cambio, fue otra señal de exclusión: boletos carísimos, experiencias premium, final convertida en producto de lujo y una Copa cada vez menos popular.

El desgaste institucional también pesa. Reuters informó que Javier Tebas acusó a la FIFA de “destruir la industria del fútbol” y pidió que Infantino deje el cargo, en medio de críticas por el calendario y el modelo de expansión. Además, medios alemanes reportaron que la Federación Alemana se negó a firmar una carta de apoyo a la reelección de Infantino, un gesto que revela distancia europea y malestar político.

A eso se suma el caso Balogun, la cercanía con Donald Trump, las decisiones disciplinarias cuestionadas, los abucheos en la ceremonia final y la sensación de una FIFA demasiado interesada en controlar el negocio y demasiado poco dispuesta a escuchar críticas. Infantino puede tener votos; lo que ya no tiene intacta es la autoridad moral.

El panorama hacia 2031 combina fuerza electoral y debilidad ética. Infantino conserva estructura, recursos e influencia. Pero su reelección no debería ser una coronación automática. La FIFA necesita debate, límites de mandato, auditorías, neutralidad política y transparencia real.

Reflexión final
La pregunta no es solo si Infantino se queda o se va. La verdadera pregunta es qué fútbol quedará si vuelve a ganar. Si 2027 termina siendo otra ceremonia sin oposición seria, la FIFA no habrá elegido futuro: habrá confirmado que el poder sabe reproducirse incluso cuando la credibilidad se agota. Y un fútbol gobernado hasta 2031 por la misma lógica de caja fuerte corre el riesgo de perder lo que ninguna reelección puede devolverle: su alma. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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