Javier Tebas, presidente de LaLiga, acusó a Gianni Infantino de “destruir la industria del fútbol” y pidió abiertamente que deje la presidencia de la FIFA. No es una frase menor ni una simple disputa entre dirigentes. Es una denuncia política, deportiva y económica contra un modelo que, bajo el discurso de la expansión global, estaría colocando el negocio por encima del juego. Reuters informó que Tebas cuestionó a la FIFA por ampliar competiciones internacionales en perjuicio de las ligas nacionales y los clubes, y sostuvo que a Infantino “le ha llegado su momento”.
La crítica de Tebas golpea el centro del poder en Zúrich. Según el dirigente español, la FIFA organiza el fútbol “a su antojo”, priorizando sus propios intereses antes que los de la industria que dice representar. El Mundial 2026 dejó ejemplos incómodos: descansos extendidos, pausas de hidratación cuestionadas, espacios comerciales disfrazados de necesidad deportiva y un calendario cada vez más saturado. Cuando el partido empieza a acomodarse al negocio y no al jugador, el fútbol deja de ser competencia para convertirse en plataforma publicitaria.
El problema no es que la FIFA organice torneos. El problema es que pretende convertir todo el ecosistema en una sucursal de sus propios eventos. Tebas advierte que las ligas nacionales, los clubes, los trabajadores, las canteras y miles de empleos dependen de una industria que funciona durante todo el año, no solo durante los 40 días de un Mundial. Por eso su rechazo a un posible torneo de 64 selecciones no es capricho: es una alerta contra la idea de inflar competiciones hasta que el calendario reviente.
El caso Folarin Balogun agravó aún más las dudas sobre la independencia institucional. Tebas cuestionó la decisión de aplazar la sanción del delantero estadounidense tras una tarjeta roja, medida que llegó después de la intervención pública de Donald Trump. Reuters recogió que el dirigente calificó el episodio como extremadamente grave y lo presentó como apenas “la punta del iceberg”. En una organización seria, la disciplina no debería depender de llamadas políticas, simpatías diplomáticas ni conveniencias comerciales.
También hay una crítica al silencio. Tebas habla de dirigentes que protestan en privado, pero callan en público. Esa omisión sostiene el sistema. Infantino conserva poder porque muchos prefieren convivir con la maquinaria antes que desafiarla. No hay oposición fuerte, no hay candidatura articulada y no hay voluntad colectiva para enfrentar una FIFA que parece haber confundido autoridad con propiedad.
La acusación de Tebas no debe reducirse a una pelea personal. Es una advertencia sobre el rumbo del fútbol mundial. La FIFA necesita límites, transparencia, diálogo con las ligas, respeto por los clubes, independencia disciplinaria y una verdadera rendición de cuentas. Infantino puede conservar votos, pero cada polémica erosiona su legitimidad.
Reflexión final
El fútbol no se destruye de un día para otro. Se deteriora cuando el negocio manda, la política interviene, los dirigentes callan y el hincha queda relegado. Tebas podrá incomodar, pero esta vez su denuncia toca una fibra real: la FIFA vende desarrollo mientras centraliza poder. Si nadie se atreve a romper ese silencio, el problema ya no será solo Infantino, sino todo un sistema dispuesto a sacrificar el fútbol para proteger sus privilegios. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
