La Conmebol decidió abrazar políticamente a Gianni Infantino justo cuando buena parte del fútbol internacional cuestiona su liderazgo. Mientras UEFA, Concacaf y sectores de Asia enfrentaron el fallido FIFA Forward Enterprise por sus dudas de transparencia y gobernanza, Sudamérica eligió algo mucho más cómodo: cerrar filas con el presidente de la FIFA y, casi simultáneamente, pedir 18 partidos del Mundial 2030 y una ampliación del torneo a 64 selecciones.
Demasiada coincidencia para llamarla simple diplomacia deportiva. Cuando el respaldo político camina del brazo con más partidos, más sedes y más facturación, la palabra “lealtad” empieza a necesitar una calculadora.
Argentina, Uruguay y Paraguay ya tienen asegurada participación como anfitriones de los encuentros conmemorativos del centenario. Pero Conmebol quiere más: seis partidos para cada país y una fase mundialista ampliada que abriría todavía más espacios de clasificación.
El argumento oficial es homenajear a Uruguay 1930. Noble motivo. El inconveniente es que el homenaje parece crecer al mismo ritmo que los intereses comerciales. Pasamos de 32 selecciones a 48 y, antes siquiera de consolidar ese formato, ya quieren 64. Al parecer, para algunos dirigentes el Mundial nunca es suficientemente grande cuando cada ampliación significa más entradas, derechos televisivos, patrocinios y recursos.
Y detrás aparece otra aspiración difícil de ocultar: con Argentina, Uruguay y Paraguay clasificados como anfitriones, las otras siete selecciones sudamericanas tendrían un camino considerablemente más sencillo si aumentan los cupos. Perú, Chile, Bolivia y compañía podrían terminar acercándose a un Mundial no necesariamente porque elevaron su nivel, sino porque el torneo decidió ensanchar la puerta.
Eso no es desarrollo. Es rebajar la exigencia para que casi nadie quede afuera.
Lo más grave, sin embargo, es el silencio político de Sudamérica. ¿Dónde están los presidentes de las diez federaciones exigiendo explicaciones sobre FIFA Forward Enterprise? ¿Dónde están las críticas a Infantino que sí aparecieron en Europa, Norteamérica y Asia? Bajo Alejandro Domínguez, Conmebol vuelve a proyectar la imagen de una región disciplinada alrededor del poder.
Argentina y Paraguay incluso elogiaron públicamente la gobernanza de FIFA mientras otras federaciones internacionales la cuestionaban. Brasil mostró reparos, pero el bloque continental finalmente cerró filas.
La fotografía resulta incómoda: UEFA confronta, otras confederaciones preguntan y Conmebol negocia.
Sudamérica tiene derecho a reclamar protagonismo en el Mundial del centenario. Lo que resulta cuestionable es que ese reclamo coincida con un blindaje político a Infantino precisamente cuando necesita votos para sobrevivir.
Reflexión final
Conmebol debería explicar qué está defendiendo: el centenario de 1930, los intereses deportivos de Sudamérica o la continuidad política de Infantino y Domínguez.
Porque cuando el respaldo viene acompañado de 18 partidos, 64 selecciones, nuevos cupos y mayores ingresos, la sospecha editorial resulta inevitable.
Sudamérica no puede seguir de rodillas ante el poder y llamarlo unidad. Si su respaldo a Infantino es por principios, que los explique. Si es por negocios, sedes y cupos, que también lo diga.
El fútbol merece votos con convicciones, no adhesiones con factura incluida. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
