La crisis de Gianni Infantino dejó de ser una discusión sobre un proyecto comercial fallido. Este lunes, UEFA, Concacaf y la Confederación Asiática (AFC) lanzaron una ofensiva conjunta contra la conducción de la FIFA y cuestionaron directamente su integridad institucional. Para las tres confederaciones, FIFA Forward Enterprise no fue un simple “error de comunicación”, como intenta presentar la administración de Zúrich, sino un grave error de juicio que quebró la confianza de quienes entregaron autoridad a la FIFA.
La diferencia no es semántica. Una mala comunicación puede corregirse con una carta. Un problema de criterio exige responsabilidades.
Las tres confederaciones denunciaron que FIFA Forward Enterprise fue presentado con plazos extremadamente reducidos, sin una consulta significativa y antes de que las asociaciones pudieran examinar adecuadamente sus implicancias. Su acusación es todavía más dura: sostienen que aquello no fue producto de un descuido, sino de un diseño que limitó deliberadamente el escrutinio.
Y aquí aparece el problema central de Infantino: sigue comportándose como si retirando el proyecto pudiera retirar también las preguntas. No puede.
UEFA, Concacaf y AFC reclaman que la investigación sobre lo ocurrido sea realizada por un tercero plenamente independiente, no por la propia FIFA ni por funcionarios relacionados con la operación. Pretender que la institución investigada organice y supervise su propia revisión sería convertir la rendición de cuentas en un ejercicio de autocertificación.
También cuestionaron una reunión realizada en Marruecos con un grupo selecto de dirigentes de la FIFA. Para las confederaciones, esa convocatoria reducida reproduce precisamente el comportamiento que originó la crisis: decisiones concentradas, círculos pequeños y transparencia administrada según conveniencia.
La frase más demoledora del comunicado apunta directamente al modelo de liderazgo: el fútbol no pertenece a una persona ni a una institución. Pertenece a jugadores, clubes, aficionados, federaciones y organizaciones que tienen la obligación de protegerlo. Las tres confederaciones sostienen que cuando un dirigente antepone su poder al colectivo, abandona el deber que le fue confiado.
Infantino puede insistir en que FIFA creció, distribuyó recursos y amplió competiciones. Eso es cierto. Pero ningún balance financiero compra inmunidad institucional.
La pregunta ya no es si FIFA Forward Enterprise fue retirado. La pregunta es quién lo diseñó, cómo pretendía aprobarlo y por qué se intentó avanzar sin controles suficientes.
Reflexión final
UEFA, Concacaf y Asia ya no están discutiendo un contrato. Están discutiendo si Infantino conserva la confianza necesaria para seguir liderando la FIFA.
Cuando tres grandes confederaciones acusan a una administración de engaño, falta de transparencia y quiebre de confianza, responder con relaciones públicas es insuficiente.
Infantino quería vender parte del negocio del Mundial. Ahora corre el riesgo de descubrir que lo que realmente perdió fue algo mucho más difícil de recuperar: credibilidad. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
