El Mundial 2030 debería ser la gran celebración del centenario de la primera Copa del Mundo. Sin embargo, hoy empieza a parecerse demasiado a una gigantesca negociación de poder. Gianni Infantino atraviesa su peor crisis institucional desde que llegó a la FIFA y, en medio de esa tormenta, los países anfitriones aparecen divididos entre quienes lo respaldan, quienes lo enfrentan y quienes podrían beneficiarse de una eventual ampliación a 64 selecciones.
España, Portugal y Marruecos son las sedes principales; Uruguay, Argentina y Paraguay organizarán los partidos conmemorativos del centenario. Ese diseño ya era excepcional: seis países y tres continentes. Ahora podría transformarse en algo todavía más grande, más caro y más políticamente útil para quien necesita votos. FIFA estudia formalmente ampliar el torneo de 48 a 64 equipos.
La crisis de Infantino cambió por completo el tablero. UEFA, Concacaf y AFC cuestionaron duramente su intento fallido de abrir al capital privado una participación de los derechos comerciales del Mundial y lo acusaron de haber quebrado la confianza institucional. Varias federaciones europeas comenzaron a retirar apoyos rumbo a 2027, mientras España y Portugal permanecen dentro de un bloque continental cada vez más crítico con su conducción.
En el otro extremo, Marruecos salió públicamente en defensa de Infantino, mientras Sudamérica encontró una oportunidad demasiado conveniente para ignorarla. Argentina, Uruguay y Paraguay, que originalmente tendrían un partido conmemorativo cada uno, ahora buscan ampliar su presencia hasta 18 encuentros en total. La justificación es histórica; el beneficio económico y político es evidente.
Y el asunto no termina allí. Si el Mundial crece a 64 selecciones, también crecerían los cupos disponibles para todas las confederaciones. Para Sudamérica, eso podría significar que selecciones con rendimientos deficientes durante años encuentren una vía mucho más accesible hacia la Copa del Mundo. Perú, Chile y Bolivia, por ejemplo, podrían terminar celebrando una clasificación sin haber solucionado problemas estructurales como la formación de menores, el trabajo de academias, la competitividad local o el desarrollo de talento internacional.
Clasificar porque el torneo ensancha la puerta no equivale a mejorar el fútbol. Puede servir para fotografías, discursos presidenciales y balances de gestión, pero no tapa la precariedad deportiva.
El riesgo político es todavía mayor. Un Mundial ampliado beneficia a decenas de federaciones pequeñas que, casualmente, también tienen derecho a voto en las elecciones de FIFA. No existe prueba pública de un intercambio directo entre cupos y respaldos. Pero cuando el presidente, que necesita 106 votos, impulsa una reforma capaz de ofrecer más plazas, más partidos, más ingresos y más exposición a quienes pueden reelegirlo, la obligación de transparencia debería ser absoluta.
Además, un torneo de 64 selecciones implicaría una expansión enorme del calendario, más desplazamientos, mayores costos logísticos y una competición que podría acercarse a los 128 partidos, dependiendo del formato final. El centenario corre así el riesgo de convertirse en el Mundial más disperso, comercial y políticamente condicionado de la historia.
El Mundial 2030 debería diseñarse por razones deportivas, históricas y técnicas. No por necesidades electorales, alianzas coyunturales o conveniencias de federaciones que buscan más cupos sin mejorar primero su propio fútbol.
Infantino no creó todas estas ambiciones, pero su crisis abrió un mercado de oportunidades donde cada bloque intenta cobrar algo.
Reflexión final
Si Infantino gana en 2027, la ampliación a 64 selecciones podría fortalecerse. Si pierde, un nuevo liderazgo podría revisar el proyecto, el reparto de partidos y hasta el equilibrio político construido alrededor del Mundial.
Eso demuestra hasta qué punto una competición que debería pertenecer al fútbol está quedando atada a la supervivencia de sus dirigentes. El centenario del Mundial debería honrar a 1930. No convertirse en una feria donde unos negocian partidos, otros cupos y todos cuentan votos.
Y si para llegar a 2030 el fútbol necesita repartir favores antes que méritos, entonces el verdadero problema no será cuántas selecciones participen, sino cuánto de su esencia habrá quedado fuera del torneo. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
