Gianni Infantino: del anonimato al poder entre Putin, Trump y la FIFA

Gianni Infantino no llegó a la presidencia de la FIFA como una gran figura del fútbol mundial. Durante años fue un funcionario eficiente, políglota, hábil en los despachos y conocido públicamente sobre todo por aparecer en los sorteos de la Champions. Incluso tuvo un breve paso como becario de LaLiga. Pero aquel dirigente discreto entendió algo esencial del poder: para llegar a la cima no basta conocer las reglas; hay que conocer a quienes las controlan. Desde 2016, su ascenso ha estado acompañado por una creciente proximidad a presidentes, monarquías, gobiernos y centros de influencia que hoy hacen inevitable preguntarse si FIFA sigue siendo una institución independiente o una plataforma diplomática demasiado cómoda para su presidente.

Infantino alcanzó el cargo aprovechando el vacío dejado por la caída de Joseph Blatter y la salida de Michel Platini de la carrera electoral. Supo convertir años de contactos en votos y una candidatura inicialmente secundaria en presidencia. Hasta allí, habilidad política. El problema comienza cuando esa habilidad se transforma en una permanente búsqueda de cercanía con el poder.

Con Vladimir Putin, Infantino cultivó una relación especialmente visible durante el Mundial de Rusia 2018. Hubo actos, fotografías, gestos de cordialidad y hasta una condecoración oficial. Con Donald Trump, la relación fue igualmente llamativa y mucho más mediática, culminando con la creación y entrega del primer Premio FIFA de la Paz. Se podrá invocar la diplomacia deportiva, pero cuando la diplomacia empieza a parecer admiración y la neutralidad empieza a parecer comodidad, la FIFA tiene un problema de credibilidad.

El presidente de una organización global debe relacionarse con gobiernos. Lo cuestionable es cuando esas relaciones parecen convertirse en parte de una arquitectura de poder personal. Infantino ha construido una presidencia donde la exposición pública, los grandes anuncios y las alianzas políticas ocupan tanto espacio como la gestión deportiva. Y cuanto más aparece él, más se diluye la sensación de que FIFA funciona como una estructura colegiada y no como una institución personalizada.

El ascenso de Infantino es admirable desde el punto de vista de la estrategia política, pero inquietante desde la perspectiva institucional. Pasó del anonimato a sentarse junto a algunos de los líderes más poderosos del mundo, y ese recorrido obliga a revisar cuánto de su fortaleza depende de la FIFA y cuánto de las relaciones que él mismo ha tejido alrededor del cargo.

Reflexión final
El problema no es que Infantino conozca a Putin o a Trump. El problema es que la FIFA termine pareciendo demasiado dependiente de la agenda, las fotografías y las amistades de su presidente.

Un dirigente puede llegar muy alto gracias a sus contactos. La verdadera prueba es demostrar que, una vez arriba, no convierte la institución en una extensión de ellos. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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