Fernando Farah habló fuerte, claro y con una autoridad que esta vez no nace de la tribuna, sino de su condición de principal acreedor de Alianza Lima. Sus declaraciones sobre un déficit cercano a S/25 millones, salarios que calificó como inéditos para su experiencia, compras de futbolistas por montos inesperados y decisiones que terminaron golpeando las finanzas del club han dejado al descubierto una pregunta que Matute ya no puede esconder bajo la alfombra: ¿cómo una institución que, según Farah, fue entregada con una economía sana y caja ordenada terminó en una situación diametralmente opuesta?
Lo más preocupante es que Farah no está hablando de una simple mala racha financiera. Está describiendo un modelo de gestión donde los gastos crecieron sin que hoy exista una explicación pública suficientemente clara sobre quién autorizó qué, bajo qué criterios y con qué controles. Cuando el propio acreedor afirma que encontró “sueldos que nunca vi en mi vida” y operaciones de jugadores por montos que no imaginaba posibles en Alianza, el problema deja de ser contable. Pasa a ser institucional.
Farah también ha sido cuidadoso al no adjudicar toda la responsabilidad a una sola administración. Menciona una secuencia de gestiones y reconoce que no puede precisar en qué momento exacto comenzó el deterioro. Pero esa prudencia no diluye el fondo. Al contrario, obliga a una auditoría seria que reconstruya el camino completo: contratos, comisiones, compras, desvinculaciones, asesorías, obligaciones y decisiones que fueron drenando recursos.
Su molestia por el dinero que, según su propia expresión, “le quitan” al club a través de representantes, agentes, trabajadores o pagos extraordinarios debe ser documentada y explicada. Nadie debería convertir esa indignación en una acusación sin pruebas, pero tampoco sería responsable minimizarla. Un club grande no puede manejar millones sin trazabilidad, controles internos y rendición de cuentas.
La situación se vuelve todavía más delicada porque Alianza no es una institución cualquiera. Su peso comercial, social y deportivo obliga a pensar en sostenibilidad, no solo en títulos. Pablo Guede puede armar un equipo competitivo y Farah puede exigir campeonar, pero incluso una vuelta olímpica sería insuficiente si detrás permanece un agujero financiero. Ganar un torneo no sanea por arte de magia una mala administración.
Alianza Lima necesita algo más que explicaciones tranquilizadoras. Necesita revisar contratos, identificar responsabilidades, fortalecer controles, ordenar su estructura financiera y transparentar decisiones que hoy generan desconfianza. El hincha tiene derecho a saber cómo se administra un club que también vive de su consumo, su fidelidad y su identidad.
Reflexión final
Farah ha puesto el problema sobre la mesa con una dureza que incomoda, pero quizá era necesaria. Cuando quien tiene mayor exposición financiera dentro del club reconoce que encontró gastos que jamás imaginó ver, la señal no puede tomarse como una anécdota.
Alianza no solo debe preguntarse cuánto debe. Debe preguntarse cómo llegó a deberlo, quién tomó las decisiones y por qué nadie frenó a tiempo. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
