Gianni Infantino ha decidido desafiar la tormenta. Pese al desgaste político provocado por el fallido proyecto de inversión privada, pese a las peticiones de dimisión surgidas desde UEFA, AFC y CONCACAF, y pese al malestar de federaciones, futbolistas y sectores de la hinchada. El presidente de la FIFA mantiene intacto su plan de buscar la reelección en 2027. El mensaje es claro: las críticas no lo han hecho retroceder ni un centímetro. Y esa terquedad política obliga a preguntarse si Infantino sigue leyendo la realidad del fútbol mundial o si simplemente ha decidido ignorarla.
La controversia no gira alrededor de una decisión menor. El frustrado proyecto que pretendía vender una participación del negocio comercial de FIFA a inversionistas privados abrió una grieta profunda sobre gobernanza, transparencia y concentración de poder. Si tres confederaciones de enorme peso llegaron a reclamar su salida, no estamos frente a una discrepancia pasajera. Estamos frente a una crisis de confianza. Sin embargo, Infantino continúa actuando como si acumular respaldo suficiente en determinadas regiones bastara para cerrar el debate.
Y allí aparece el elemento más incómodo. FIFA administra fondos, programas de desarrollo, sedes de torneos y relaciones institucionales con 211 asociaciones. Cuando quien controla esa enorme maquinaria busca reelegirse, cada visita, cada promesa, cada apoyo financiero y cada futura sede puede adquirir inevitablemente una lectura electoral. Eso no convierte automáticamente esas acciones en irregulares, pero sí exige controles y transparencia reforzada. La administración de FIFA no puede confundirse con una campaña permanente para conservar el poder.
Infantino todavía mantiene respaldo en África, Sudamérica y algunas federaciones. Pero la política no debería reducirse a contar votos. También importa la legitimidad. Un presidente puede ganar una elección y, al mismo tiempo, haber perdido la confianza de una parte significativa del ecosistema que dirige.
Infantino tiene derecho a presentarse si los estatutos lo permiten. Pero también tiene la obligación de responder por los cuestionamientos acumulados. No basta con anunciar que seguirá. Debe explicar por qué considera que todavía representa la mejor opción para una FIFA profundamente dividida.
Reflexión final
La insistencia de Infantino revela una verdad incómoda: renunciar nunca estuvo en sus planes, aunque muchos crean que debió considerarlo.
La reelección puede darle otro mandato. Lo que no puede garantizarle es recuperar una confianza que, en buena parte del fútbol mundial, ya empezó a romperse. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
