La última encuesta nacional de Ipsos para Perú21 no solo revela una ligera ventaja de Keiko Fujimori sobre Roberto Sánchez en la segunda vuelta presidencial. Revela algo mucho más profundo: el crecimiento silencioso del rechazo ciudadano hacia toda la oferta política. Mientras Keiko alcanza 39% y Sánchez 35% en intención de voto, un 14% asegura que votaría en blanco o viciado, y otro 12% todavía no precisa por quién votar. Es decir, más de una cuarta parte del país mira esta elección con distancia, desconfianza o abierta indignación.
La verdadera noticia no es quién lidera. La verdadera noticia es que millones de peruanos sienten que no tienen por quién votar.
La política peruana ha convertido las elecciones en una especie de terapia de choque emocional. El ciudadano ya no vota con ilusión ni convicción; vota para impedir que gane el otro. La democracia dejó de ser un espacio de representación para convertirse en un mecanismo de supervivencia política. Y cuando eso ocurre repetidamente, el sistema empieza a desgastarse desde adentro.
Keiko Fujimori crece principalmente en Lima, donde pasa del 50% al 54%. Roberto Sánchez, en cambio, retrocede en varios sectores, incluso en zonas rurales donde antes tenía una ventaja más cómoda. El desgaste empieza a alcanzarlo: ya no aparece como outsider, sino como parte de un entorno político asociado al castillismo, al radicalismo y a figuras profundamente divisivas como Antauro Humala.
Sin embargo, más allá de los porcentajes, el dato verdaderamente explosivo es otro: el voto blanco o viciado empieza a consolidarse como una tercera corriente política emocional. No tiene candidato, no tiene partido y no tiene financiamiento. Tiene algo más poderoso: hartazgo.
Ese 14% no representa indiferencia. Representa ciudadanos que sienten que la segunda vuelta no ofrece una salida confiable. Peruanos cansados de promesas recicladas, de campañas basadas en miedo, de candidatos investigados, de discursos incendiarios y de instituciones que parecen sobrevivir únicamente por inercia.
Y todavía hay un 12% que no precisa su voto. Ese sector podría definir la elección o, incluso, convertirse en combustible para un crecimiento mayor del voto viciado. El fenómeno ya no puede ser tratado como anecdótico ni marginal. Empieza a convertirse en una señal política de protesta nacional.
La paradoja peruana resulta brutal: dos candidatos disputan Palacio de Gobierno mientras una parte creciente del país parece desconectarse emocionalmente del proceso electoral.
La encuesta de Ipsos deja una advertencia incómoda para toda la clase política: el rechazo ciudadano ya no es periférico, es central. El voto viciado y el voto blanco están dejando de ser símbolos de apatía para convertirse en instrumentos de protesta democrática frente a una política que perdió credibilidad.
Reflexión final
Cuando un país empieza a debatir más sobre cómo rechazar una elección que sobre cómo ganar el futuro, la crisis ya no es solo electoral: es moral, institucional y política. El Perú está entrando a una segunda vuelta donde el miedo compite contra el rechazo y donde el silencio de millones puede terminar siendo más fuerte que cualquier mitin, encuesta o debate televisivo.
Porque quizá el dato más duro de esta campaña no sea quién sube o baja algunos puntos. Quizá el verdadero dato histórico sea que cada vez más peruanos sienten que ninguna opción los representa.
Fuente y ficha técnica: Encuesta Nacional Urbano Rural realizada por Ipsos Perú por encargo de Perú21. Registro JNE N.° 001-REE/JNE. Muestra: 1,210 encuestas presenciales aplicadas en 24 departamentos y la Provincia Constitucional del Callao los días 16 y 17 de mayo de 2026. Margen de error: ±2.8%. Nivel de confianza: 95%. (Foto: lacajanegra.blog).
