Tres caminos en segunda vuelta: Fujimori, Sánchez y voto viciado

La segunda vuelta electoral ya no se presenta únicamente como una competencia entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez. En la práctica, empieza a configurarse una tercera alternativa: el voto viciado. Para muchos ciudadanos, esta elección no representa una decisión entre dos proyectos nacionales, sino una disyuntiva incómoda entre candidaturas que generan rechazo, temor o profunda desconfianza. Por eso, el voto blanco, nulo o viciado comienza a tomar fuerza como una respuesta democrática frente a una segunda vuelta que no despierta esperanza, sino cansancio.

El país llega a esta etapa después de una primera vuelta marcada por fragmentación política, demoras, denuncias, incertidumbre institucional y una ciudadanía emocionalmente agotada. El proceso no fortaleció la confianza pública; por el contrario, dejó una sensación de desorden y sospecha. A esa crisis electoral se suman problemas que siguen golpeando la vida diaria: pobreza persistente, inseguridad creciente, extorsiones, informalidad, servicios públicos deficientes y una clase política que parece más interesada en sobrevivir que en gobernar.

En ese escenario, las tres opciones son claras. Votar por Keiko Fujimori, votar por Roberto Sánchez o viciar el voto como expresión de rechazo a ambos. Esta última alternativa empieza a ganar espacio entre ciudadanos, profesionales, empresarios, comunicadores y sectores independientes que no se sienten representados por ninguno de los finalistas.

Durante años se ha empujado al elector peruano hacia la lógica del “mal menor”. Esa fórmula, repetida hasta el cansancio, ha degradado la calidad democrática. Una democracia no debería exigir resignación como condición para participar. Votar no puede reducirse siempre a escoger entre miedos. Si millones consideran que ninguna candidatura ofrece garantías suficientes de ética, estabilidad, libertad y gobernabilidad, tienen derecho a expresarlo en las urnas.

El voto viciado no es apatía. No es indiferencia. Es una forma de protesta política dentro del sistema democrático. Es decir “ninguno de los dos” sin abandonar el proceso electoral. Es usar la cédula no para entregar un cheque en blanco, sino para rechazar una oferta que muchos ciudadanos consideran insuficiente.

Además, esta opción tiene sustento legal. El artículo 184 de la Constitución Política del Perú establece que el Jurado Nacional de Elecciones declara la nulidad de un proceso electoral cuando los votos nulos o en blanco, sumados o separadamente, superan los dos tercios del número de votos emitidos. Asimismo, la Ley Orgánica de Elecciones contempla causales de nulidad y señala que, si se declara la nulidad total, deben convocarse nuevas elecciones en un plazo no mayor de 90 días. Por ello, quienes impulsan esta corriente tienen un objetivo concreto: alcanzar el umbral legal que permita abrir paso a una nueva elección presidencial.

Desde esta tribuna, sostenemos que el voto viciado es una protesta democrática válida ante una segunda vuelta sin fe. No destruye la democracia; la interpela. No abandona el voto; lo convierte en instrumento de rechazo. La ciudadanía no está moralmente obligada a legitimar una alternativa en la que no cree.

El voto pertenece al elector, no a los partidos ni a los candidatos. Y el elector tiene derecho a respaldar, castigar o rechazar.

En esta segunda vuelta hay tres caminos: Keiko Fujimori, Roberto Sánchez o el voto viciado. Los dos primeros buscan gobernar. El tercero busca decir basta. Si esta corriente crece y alcanza el umbral legal exigido, podría abrirse la posibilidad de nuevas elecciones presidenciales.

Porque votar no siempre significa escoger a alguien. A veces, votar también significa rechazar una encerrona política y exigir empezar de nuevo. (Foto: lacajanegra.blog).

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