El fútbol no solo se juega con la pelota. Se juega también en los escritorios donde se firman convenios, en las aulas donde se forman entrenadores, en los campos donde los niños aprenden a pensar antes que correr, en los planes que se sostienen durante años y en la voluntad política de quienes entienden que una selección nacional no aparece por generación espontánea. Los grandes equipos no nacen de un golpe de suerte: se construyen con paciencia, método, inversión, humildad y visión.
Por eso la historia del convenio de cooperación entre la Federación Peruana de Fútbol y la Real Federación Española de Fútbol, firmado en 2014, merece ser contada no como una anécdota perdida, sino como una de las oportunidades más significativas que el fútbol peruano dejó escapar. Fue una semilla colocada en tierra fértil, pero abandonada antes de germinar. Fue una puerta abierta hacia el conocimiento, pero cerrada por la indiferencia. Fue, quizá, uno de esos trenes que pasan una sola vez y que, cuando se van, dejan en el andén el silencio amargo de lo que pudo ser.
La historia comenzó lejos del Perú, en un workshop de la FIFA realizado en Turquía. Allí, Óscar Hamada conoció a Ginés Meléndez, uno de los arquitectos del fútbol formativo español. De ese encuentro nació una conversación, de la conversación una idea, y de la idea un proyecto de cooperación interinstitucional que buscaba algo tan sencillo como revolucionario: adaptar al Perú una metodología probada, seria y exitosa.
En enero de 2014, la FPF y la RFEF, representadas por el doctor Manuel Burga y el doctor Ángel María Villar, firmaron un Convenio de Cooperación e Intercambio para el desarrollo del fútbol. No era un documento decorativo ni un saludo protocolar. Era un acuerdo de cuatro años que contemplaba capacitación, investigación, organización, seguimiento y acompañamiento técnico. Incluso se proyectaba la llegada temporal a Lima de Ginés Meléndez y Luis de la Fuente, nombres fundamentales en el proceso de formación español, para supervisar y orientar la implementación del proyecto.
En septiembre de 2014, los técnicos peruanos Óscar Hamada y Luis Bolaños viajaron a España para iniciar las coordinaciones de rigor. La receta española empezaba a estudiarse, no para copiarse de manera mecánica, sino para adaptarse a la realidad, la idiosincrasia y las necesidades del Perú. Ese era el punto central: tomar una metodología exitosa y traducirla al contexto peruano, con nuestras limitaciones, nuestros talentos, nuestras regiones, nuestros clubes, nuestros entrenadores y nuestras urgencias.
España entendió hace mucho que el fútbol moderno no empieza en la selección mayor. Empieza en la infancia. Empieza en la formación del entrenador. Empieza en la infraestructura. Empieza en la competencia bien diseñada. Empieza en la identidad de juego. Empieza en la paciencia institucional. Un país que quiere competir en serio debe formar antes que exigir, debe sembrar antes que cosechar, debe invertir antes que lamentar.
Mientras España continuó su proceso, Perú lo abandonó. Esa es la diferencia que hoy duele. El ciclo español, iniciado en 2013 bajo una nueva etapa de trabajo técnico, siguió su curso. Ginés Meléndez, Luis de la Fuente y otros formadores sostuvieron una idea: construir desde abajo para competir arriba. Trece años después, España vuelve a estar en una final mundial, confirmando que los procesos, cuando se respetan, producen resultados.
Perú, en cambio, cortó el proyecto en 2015, durante la presidencia de Edwin Oviedo. Faltó decisión política, faltó presupuesto, faltó infraestructura y, sobre todo, faltó convicción. Pero también faltó algo más profundo: amor verdadero por el desarrollo del fútbol peruano. Porque quien cree en el futuro no destruye un plan apenas empieza. Quien cree en los niños no abandona la formación. Quien cree en el país no convierte la federación en una oficina de urgencias, parches y cálculos de corto plazo.
El modelo español no garantizaba que Perú ganara un Mundial ni que surgieran inmediatamente veinte futbolistas de élite. Pero sí ofrecía una ruta. Y en un país acostumbrado a caminar sin mapa, tener una ruta ya era una revolución. Significaba ordenar la formación, capacitar entrenadores, estandarizar metodologías, mejorar procesos de captación, fortalecer menores, observar talentos, generar continuidad y construir una cultura futbolística moderna.
El Perú tiene talento. Eso nadie lo puede negar. Lo tiene en Lima, en Trujillo, en Chiclayo, en Arequipa, en Iquitos, en Huancayo, en Cusco, en Tacna, en Piura, en cada barrio donde un niño convierte una piedra en arco y una pelota gastada en ilusión. El problema no es la falta de materia prima. El problema es que ese talento crece muchas veces a la intemperie, sin sistema, sin seguimiento, sin alimentación adecuada, sin infraestructura, sin entrenadores bien preparados y sin una competencia que lo exija de manera correcta.
Por eso tantos chicos prometen y se pierden. Por eso tantos juveniles brillan un año y desaparecen al siguiente. Por eso el fútbol peruano vive de recuerdos, de chispazos, de generaciones aisladas y de campañas que emocionan, pero no se convierten en política permanente. Sin estructura, el talento se evapora. Sin método, la inspiración se desperdicia. Sin planificación, la esperanza se vuelve costumbre triste.
España hizo lo contrario. Después de ser campeona del mundo (2010), no se quedó atrapada en los laureles. No creyó que el éxito fuera eterno. Inmediatamente empezó otro ciclo, otro periodo, otra etapa de formación. Esa es una lección inmensa: los países serios no planifican solo cuando pierden; también planifican cuando ganan. Porque entienden que el éxito no se conserva con discursos, sino con procesos.
Luis de la Fuente, hoy asociado a la alta competencia mundial, también inició sus labores en ese periodo. Trece años después, España recoge el fruto de una siembra que no fue improvisada. Hay una línea que une las canteras, las selecciones menores, los entrenadores, los torneos juveniles, la metodología, la identidad colectiva y el equipo mayor. Esa línea no es casualidad. Es gestión.
El Perú, lamentablemente, representa el reverso del billete. Trece años después de aquella oportunidad, la selección queda penúltima en la clasificatoria al Mundial 2026. Las categorías Sub 15, Sub 17, Sub 20 y la selección mayor reflejan una realidad dura: estamos entre los últimos de Sudamérica. No es una exageración ni una frase nacida del dolor. Los resultados y las estadísticas lo gritan. El fútbol peruano no está mal por un mal partido, un mal técnico o una mala generación. Está mal porque el modelo está agotado.
El sistema actual es obsoleto, caduco, inservible y lleno de vicios. Sigue dependiendo de voluntades aisladas, clubes débiles, dirigentes sin visión, torneos mal estructurados y una federación que no ha logrado construir un verdadero Plan Nacional Integral de Desarrollo. Se habla mucho de menores, pero se invierte poco. Se exige mucho a la selección, pero se forma mal. Se culpa al jugador, al técnico, al árbitro o al fixture, pero pocas veces se mira el problema de fondo: el Perú no siembra, y quien no siembra no tiene derecho a sorprenderse cuando no cosecha.
La pérdida del convenio con España debe ser entendida como una advertencia histórica. No fue solo un papel archivado. Fue una posibilidad de cambio. Fue la oportunidad de aprender de quienes habían recorrido un camino exitoso. Fue la opción de mirar hacia el futuro con menos improvisación y más ciencia. Fue un intento de traer al Perú no una fórmula mágica, sino una cultura de trabajo.
La indiferencia, la ignorancia y la soberbia hicieron que ese proyecto abortara. Y cuando un proyecto de desarrollo muere, no muere solo una idea: mueren también los futbolistas que pudieron formarse, los entrenadores que pudieron capacitarse, las generaciones que pudieron competir mejor, las alegrías que pudieron llegar y los sueños de una hinchada que ya ha sufrido demasiado.
Porque la hinchada peruana no abandona. La hinchada peruana acompaña, canta, viaja, espera, perdona y vuelve a creer. Pero esa fidelidad no puede seguir siendo abusada por estructuras que no están a la altura de su pasión. El pueblo peruano merece una selección competitiva, sí, pero también merece una federación que piense en grande, clubes que formen en serio y dirigentes que entiendan que el fútbol no les pertenece: lo administran temporalmente en nombre de millones.
Trece años después, la comparación es dolorosa y contundente: España juega una nueva final de la Copa del Mundo; Perú queda penúltimo en la clasificatoria al Mundial 2026. España sembró con método y cosechó prestigio. Perú tuvo una semilla valiosa, pero la dejó morir por falta de visión. España respetó procesos; Perú volvió a improvisar. España construyó futuro; Perú prolongó su tristeza.
Sin embargo, esta historia no debe servir solo para señalar culpables. Debe servir para despertar. El fútbol peruano todavía puede levantarse, pero necesita una reforma profunda, honesta y sostenida. Necesita un Plan Nacional Integral de Desarrollo a largo plazo, con presupuesto, infraestructura, capacitación, descentralización, seguimiento, ciencia deportiva, tecnología, competencia formativa y una identidad futbolística clara.
No basta con cambiar técnicos. No basta con convocar a jóvenes. No basta con prometer estadios. El cambio verdadero debe empezar en la base. En los niños. En los entrenadores. En las regiones. En los clubes. En la escuela. En la formación humana y deportiva. El Perú necesita volver a sembrar.
Reflexión final
El fútbol es memoria, pero también porvenir. La historia del convenio entre Perú y España nos recuerda que los países pueden encontrarse frente a una oportunidad histórica y aun así dejarla pasar. Nos enseña que el futuro no se improvisa y que el talento, sin sistema, es apenas una promesa frágil bajo el sol.
España nos muestra el valor de la paciencia. Perú nos muestra el costo de la indiferencia. Allí está la lección: el balón premia a quienes trabajan cuando nadie aplaude, a quienes forman cuando no hay cámaras, a quienes invierten antes de celebrar.
Todavía hay niños peruanos corriendo detrás de una pelota con la misma ilusión de siempre. Ellos no tienen la culpa de los errores dirigenciales. Ellos merecen algo más que nostalgia, algo más que discursos, algo más que eliminatorias dolorosas. Merecen un país futbolístico que los acompañe desde el primer pase hasta el sueño mayor.
Perú aún puede volver a sembrar. Pero esta vez debe hacerlo en serio. Porque el fútbol, como la vida, nunca perdona del todo a quienes abandonan la semilla. Y tampoco olvida a quienes se atreven, con humildad y visión, a cuidar el futuro desde la raíz. Fuente de información privilegiada: Óscar Hamada y Luis Bolaños. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
