Perú gasta en eventos deportivos y no invierte en talentos

El Perú parece haber encontrado una fórmula cómoda para aparentar desarrollo deportivo: organizar grandes eventos internacionales sin haber construido primero una verdadera fábrica de deportistas. Se postula a sedes, se comprometen millones, se remodelan escenarios, se organizan ceremonias y después se presenta todo como evidencia de progreso. Pero detrás de esa escenografía permanece la misma pregunta: ¿dónde está el sistema nacional que detecta a un niño con talento a los ocho o diez años y lo acompaña hasta convertirlo en atleta competitivo? Tenemos una política para recibir campeonatos, pero todavía no una política suficientemente sólida para producir campeones.

El orden lógico debería ser elemental. Primero, decisión política y un Plan Nacional de Desarrollo Deportivo de largo plazo; después, detección de talentos desde colegios, clubes y comunidades; entrenadores especializados y bien remunerados; infraestructura descentralizada; nutrición, medicina y psicología deportiva; tecnología, biomecánica y análisis de rendimiento; calendarios competitivos permanentes; becas y apoyo educativo; y mecanismos transparentes de evaluación. Solo después debería llegar la obsesión por organizar grandes competencias. En el Perú hacemos demasiadas veces lo contrario: reservamos el salón, pagamos la fiesta, invitamos al continente y recién entonces buscamos quién sabe bailar.

Lima 2019 demostró que el país puede organizar un evento internacional y dejó infraestructura deportiva importante. Pero también dejó una lección que debería impedir cualquier complacencia: el cemento no entrena, no alimenta, no descubre talentos ni gana medallas por sí solo. Las instalaciones necesitan mantenimiento permanente y dinero público. Su verdadero legado debería medirse por cuántos niños las utilizan regularmente, cuántos entrenadores trabajan allí, cuántos talentos fueron detectados y cuántos deportistas llegaron posteriormente al alto rendimiento. Sin esos indicadores, llamar “legado” a una infraestructura puede terminar siendo una manera elegante de contabilizar edificios.

La política, sin embargo, encuentra mayor atractivo en el gran evento. Una inauguración produce cámaras, autoridades, discursos, delegaciones extranjeras y exposición inmediata. Un niño entrenando durante doce años no produce una fotografía electoralmente rentable. Pero ese niño es precisamente la inversión que países con sistemas deportivos serios realizan silenciosamente antes de celebrar resultados.

Por eso también debería discutirse cada nuevo millón destinado a organizar competencias internacionales frente a lo que el país invierte sostenidamente en formación infantil. No se trata de abandonar los grandes eventos, sino de invertir la pirámide: primero deportistas y después espectáculo; primero desarrollo y después celebración.
El Perú necesita dejar de medir su política deportiva por el número de campeonatos que consigue traer al país. Los indicadores deberían ser otros: niños incorporados al sistema, entrenadores certificados, talentos identificados, regiones atendidas, permanencia deportiva, resultados internacionales y atletas que llegan al alto rendimiento.

Reflexión final
Un país puede construir escenarios magníficos y seguir siendo deportivamente mediocre si no construye primero a sus atletas. Los eventos duran semanas; las instalaciones envejecen; las ceremonias se olvidan. Un niño correctamente formado puede representar al Perú durante años e inspirar a una generación.

Organicemos Panamericanos, Bolivarianos y campeonatos internacionales, pero después de hacer la tarea fundamental.

Porque mientras el Perú continúe siendo una fábrica de eventos y no una fábrica de deportistas, podremos recibir al mundo con escenarios impecables mientras vemos, desde nuestra propia tribuna, cómo otros países se llevan las medallas. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).

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