Todo gobierno recibe al comenzar una cortesía democrática: tiempo. Tiempo para ordenar la casa, nombrar funcionarios, corregir errores heredados y demostrar que las promesas de campaña pueden convertirse en gestión. A eso se le llama luna de miel política. Keiko Fujimori inició su mandato con 57 % de aprobación, una ventaja que muchos presidentes peruanos habrían querido tener. Pero esa indulgencia tiene fecha de vencimiento. La ciudadanía puede esperar algunas semanas; los problemas del país, no.
La inseguridad continúa golpeando, los hospitales mantienen carencias, la informalidad sigue intacta, la burocracia no se vuelve eficiente por decreto y amenazas como El Niño exigirán mucho más que discursos, fotografías y comunicados. La verdadera prueba del Gobierno comienza precisamente ahora, cuando las expectativas iniciales empiezan a convertirse en exigencias concretas. El riesgo para Keiko Fujimori es evidente: confundir respaldo inicial con aprobación permanente.
La experiencia peruana demuestra que la popularidad puede evaporarse con sorprendente rapidez. Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Pedro Castillo comprobaron que ningún porcentaje inicial protege a un gobierno que improvisa, se equivoca en sus designaciones o pierde contacto con la realidad. La luna de miel no es una garantía de estabilidad, sino un crédito político que se reduce cada vez que el Gobierno promete una cosa y ejecuta otra.
Aquí aparece una contradicción incómoda. Fujimori prometió meritocracia, cuadros técnicos, experiencia y orden. Sin embargo, varios nombramientos han despertado cuestionamientos y alimentado la percepción de reciclaje político. Si durante años se criticó a gobiernos anteriores por colocar funcionarios sin suficiente perfil o por recurrir a los mismos nombres de siempre, ahora corresponde demostrar que aquello no era únicamente discurso opositor. No se puede prometer renovación y gobernar con prácticas recicladas.
Tampoco puede construirse gobernabilidad únicamente mediante comunicación. Los recorridos, transmisiones en redes, mensajes presidenciales y actos públicos pueden ayudar a mostrar cercanía, pero la gestión se mide en otra cancha: seguridad, empleo, salud, educación, infraestructura y capacidad de respuesta del Estado. Un gobierno puede ganar la batalla de la imagen durante semanas y perder la confianza ciudadana en pocos meses si los resultados no llegan.
Además, prolongar artificialmente la luna de miel mediante anuncios populistas o medidas sin sustento fiscal sería una tentación costosa. El aplauso rápido suele durar menos que la deuda que deja. El Gobierno debe aprovechar precisamente este momento para adoptar decisiones difíciles, impulsar reformas y ordenar instituciones antes de que el desgaste político convierta cada cambio en una negociación interminable. El capital político sirve para gobernar, no para administrarlo como si fuera popularidad acumulada.
Desde La Caja Negra sostenemos que Keiko Fujimori no debe preocuparse por conservar su luna de miel. Debe preocuparse por merecer respaldo cuando esta termine. La presidenta todavía tiene una ventaja política importante: tiempo, expectativa y una ciudadanía dispuesta a observar resultados antes de juzgar definitivamente. Pero ese crédito se consume todos los días. Cada nombramiento cuestionado, cada promesa sin ejecutar, cada problema que empeora y cada decisión improvisada reduce el margen de confianza.
La luna de miel nunca fue el verdadero desafío. El verdadero desafío empieza después, cuando ya no bastan las promesas y la ciudadanía pregunta qué cambió realmente. Keiko Fujimori puede terminar diferenciándose de los gobiernos que tanto cuestionó o puede convertirse en una nueva versión de las mismas prácticas que prometió superar.
Reflexión final
La esperanza le abrió la puerta. Ahora la gestión decidirá cuánto tiempo permanecerá abierta. Si el Gobierno aprovecha este periodo para reformar, profesionalizar y resolver, habrá utilizado bien su capital político. Si, por el contrario, lo consume en marketing, nombramientos cuestionados y respuestas tardías, la luna de miel no terminará por culpa de la oposición ni de las redes sociales. Terminará porque el propio Gobierno habrá convertido la expectativa en decepción. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
