El fútbol peruano suele buscar culpables cuando la selección fracasa, los clubes quedan eliminados internacionalmente o escasean jugadores capaces de consolidarse en las grandes ligas. Se cambia de entrenador, se cuestiona al futbolista y se reclama otra generación. Pero pocas veces se mira hacia donde realmente comienza el problema: las divisiones menores. El deterioro del fútbol peruano no empieza cuando un jugador llega a Primera División; comienza muchos años antes, cuando un niño con condiciones entra a un sistema que demasiadas veces carece de infraestructura, metodología, entrenadores especializados y planificación para convertir talento en alto rendimiento.
Mientras otros países entienden la formación como una inversión estratégica, en el Perú demasiados clubes siguen tratando sus canteras como una obligación que debe cumplirse y no como el principal patrimonio deportivo de la institución. Se contratan futbolistas para resolver el próximo campeonato, pero se posterga la construcción del jugador que debería sostener al club durante la siguiente década. Queremos cosechar futbolistas internacionales sin haber construido primero el campo donde puedan crecer.
Una verdadera cantera necesita mucho más que entrenamientos y partidos los fines de semana. Requiere captación nacional, infraestructura adecuada, entrenadores formadores, preparación física diferenciada, nutrición, medicina deportiva, psicología, educación, tecnología, análisis de datos y seguimiento individual. También necesita una metodología que acompañe al jugador desde las categorías infantiles hasta el profesionalismo. Sin ese ecosistema, el talento depende demasiado de la capacidad económica de las familias, de oportunidades circunstanciales o de encontrarse casualmente con el entrenador correcto.
La consecuencia aparece años después. El campeonato necesita futbolistas competitivos, la selección busca recambio y los clubes quieren vender jugadores al exterior, pero la fábrica funciona deficientemente. Entonces comienza la improvisación: se nacionalizan soluciones, se buscan descendientes de peruanos formados en otros países o se exige a jóvenes todavía incompletos que solucionen problemas que el sistema acumuló durante años. El futbolista termina pagando una deuda que pertenece a la dirigencia.
El problema tampoco se resolverá organizando torneos juveniles únicamente para cumplir reglamentos. Hace falta evaluar públicamente cuánto invierte cada club en menores, cuántos entrenadores especializados posee, cuántos jugadores promociona y cuál es su verdadero proyecto formativo.
El fútbol peruano necesita dejar de considerar las divisiones menores como gasto y empezar a entenderlas como inversión. Sin una reforma profunda desde la base, cualquier reconstrucción de la selección será apenas temporal.
Reflexión final
Perú no carece necesariamente de talento; carece de un sistema suficientemente sólido para encontrarlo, desarrollarlo y protegerlo. Mientras sigamos buscando soluciones cuando el jugador tiene veinte años en lugar de formarlo desde mucho antes, continuaremos preguntándonos por qué otros países exportan futbolistas y nosotros exportamos frustraciones. El fracaso de Primera empieza mucho antes de llegar a Primera. (Foto ilustración: lacajanegra.blog).
