¿Sabes quién es Blavatnik?. Dueño de DAZN y socio de Infantino

Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra

En la FIFA moderna, donde el VAR no detecta los conflictos éticos y el fair play se mide en millones, los dueños del balón ya no son los jugadores, sino los accionistas. Y entre ellos, brilla con luces doradas el nombre de Leonard Blavatnik: multimillonario, filántropo, ucraniano de nacimiento, ruso por negocios, estadounidense por conveniencia y británico por título nobiliario. El caballero del streaming que resucitó DAZN con inyecciones de dinero estratosféricas —y una historia más opaca que una reunión de comité ejecutivo en Zúrich— es hoy el rostro amable del Mundial de Clubes 2025. Pero, ¿quién es realmente este hombre a quien Gianni Infantino le entrega las llaves del fútbol global?.

Sir Leonard Blavatnik, así como suena de elegante, es el socio perfecto para una FIFA que prefiere callar antes que incomodarse. El 87% de DAZN —plataforma oficial del Mundial de Clubes— le pertenece. Una cifra que pesa más que cualquier cláusula ética. Que haya sido señalado como traidor por el gobierno ucraniano por sus lazos con el capital ruso post-soviético parece ser apenas una anécdota irrelevante para Gianni Infantino. Lo importante es que el Mundial tenga transmisión garantizada y que DAZN —esa plataforma que perdió más de 2 mil millones de dólares en 2023— logre recuperarse a costa del fútbol global.

Y es que Blavatnik no solo compró el derecho a transmitir el torneo. Compró también el silencio. Porque nadie en la FIFA parece tener la voluntad de explicar cómo una figura con conexiones históricas con oligarcas rusos, petroleras, privatizaciones cuestionadas y vínculos cercanos a Steve Witkoff —amigo íntimo de Donald Trump— se convierte en aliado estratégico del máximo organismo del fútbol mundial.

Infantino, el presidente incansable, que sí supo mostrar firmeza para excluir a Rusia del Mundial pasado por la invasión a Ucrania, hoy no dice ni “mu” sobre el hecho de que un empresario nacido en Odesa, enriquecido en la Rusia de Yeltsin y Putin, sea ahora la cara amable de la globalización futbolera. ¿Coherencia?. ¿Memoria?. ¿Principios?. Mejor no exigir demasiado, que se viene el sorteo del Mundial y la señal debe estar lista en 4K.

DAZN, antes de ser el “hogar” del fútbol, fue una nave tambaleante: quebró, suspendió pagos por el COVID, y su supervivencia dependió de una transfusión financiera directa del bolsillo de Blavatnik. Pero claro, en tiempos de negocios acelerados, eso solo prueba compromiso. O poder. O inmunidad. Porque mientras muchos oligarcas rusos fueron sancionados y aislados del deporte mundial, Blavatnik fue condecorado por la Reina Isabel y premiado con los derechos de transmisión del torneo más exclusivo del planeta.

Y como si fuera poco, el magnate no solo está en las canchas: también en los barrios más caros del mundo, como Puerto Madero, donde invierte en bienes raíces junto al célebre Alan Faena. ¿Inmobiliarias de lujo, petróleo, aluminio, streaming deportivo, Warner Music y el Mundial de Clubes?. Todo cabe en la billetera de un caballero si se le da el tratamiento correcto.

Lo que ocurre hoy en la FIFA no es una excepción: es la nueva norma. En una era donde los valores éticos se licúan en convenios comerciales, donde el entretenimiento se come al deporte y donde la política internacional se filtra por los pasillos de la sede en Suiza, no debería sorprendernos que Blavatnik sea el elegido. Lo que sí debería alarmarnos es el silencio cómplice, la falta de rendición de cuentas y la resignación con que el mundo del fútbol acepta estas nuevas reglas de juego.

Sir Leonard no solo compró derechos de transmisión. Compró presencia, poder y respeto. Y lo hizo sin haber pateado un balón. Porque hoy, más que goles, lo que cotiza es la opacidad elegante, el “business friendly” con olor a gas natural y el networking con banderas intercambiables.

Reflexión final
El fútbol ya no se juega solo en la cancha. Se juega en Londres, Nueva York, Moscú y Zúrich. Y los campeones no levantan copas, levantan contratos. Sir Blavatnik representa todo lo que el fútbol dice no querer ser, pero termina abrazando: riqueza sin fronteras, historia sin revisión y alianzas sin preguntas. Mientras tanto, Infantino calla, sonríe y firma. La pelota rueda, el stream fluye, y la conciencia duerme. Porque en el Mundial de Clubes 2025, lo único verdaderamente global es la omisión.

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