Por Edwin Gamboa, fundador Caja Negra
Nos prometieron un aeropuerto digno de la Champions League aérea. Una puerta de entrada fastuosa, moderna, capaz de conectar continentes y hacerle sombra a los gigantes de la región. Pero, fieles a nuestra peruanísima costumbre de soñar en HD y ejecutar en baja resolución, hemos estrenado un terminal que luce más como una fábrica de acero inoxidable… y con goteras.
Porque, claro, nada dice “hub de clase mundial” como una filtración en el techo que convierte pasillos en ríos, y pasajeros, en náufragos.
Las redes sociales ardieron. Videos mostraron agua cayendo del techo en el nuevo Jorge Chávez, justo en el área de cargas y salidas internacionales. Mientras los viajeros miraban desconcertados, algunos pensaron que tal vez la modernidad incluía un show acuático estilo Las Vegas. Pero no, señores, lo nuestro es más artesanal: agua, piso mojado y nadie que dé la cara.
Y no se diga que fue un incidente aislado. Es la tercera filtración en poco más de un mes. El 1 de junio se mojó Star Perú. El 4 de junio, Copa Airlines. El aeropuerto es ya el único lugar del país donde llueve tres veces al mes… ¡y bajo techo!.
Pero que no cunda el pánico. Lima Airport Partners (LAP) ha salido a decir que todo está “controlado” y que no afecta las operaciones. Es decir, mientras no te importe ir cargando la maleta en charcos, hacer colas infinitas en Migraciones ni que las mangas telescópicas no sirvan.
Porque sí, Migraciones es otro poema épico. Colas kilométricas, máquinas que se cuelgan, viajeros gritando “¡Esto es inhumano!”. El aeropuerto, que costó miles de millones, terminó siendo un hangar gigante y caluroso, sin branding, sin alma, y con servicios que funcionan a medias.
¿Y los taxis? Un absoluto desorden. Una jungla de tarifas, jaladores y aplicaciones que no logran poner orden. Cada viaje desde Jorge Chávez es una lotería donde nunca sabes si te tocará un conductor amable o un pseudo-taxista que pretende cobrarte más que un vuelo low-cost a Cusco.
La gran pregunta es: ¿qué pasó con el proyecto original? Nos vendieron renders hermosos, con pasillos amplios, luz natural, áreas verdes y tecnología de última generación. Lo que tenemos hoy es una nave industrial que parece salida de la era soviética, con techos de lámina y paredes que sudan cada vez que llueve.
Todo esto sucede mientras el país está en piloto automático. Dina Boluarte y sus ministros andan más ocupados en aumentarse el sueldo, lucir relojes y joyas de lujo, o sacarse selfies en sus viajes internacionales, que en supervisar la infraestructura más importante de nuestro transporte aéreo. ¿Quién vigila a los vigilantes? Nadie.
Porque aunque las filtraciones se controlen con trapeadores, lo que nadie controla es la sensación de estafa que queda en los peruanos. Y más aún en los turistas que aterrizan en lo que se suponía debía ser el símbolo de nuestra modernidad.
El Jorge Chávez debía ser nuestro orgullo. Hoy es nuestro papelón. Una estructura cara, estéticamente triste, y funcionalmente deficiente. Un símbolo perfecto del Perú actual: grandes titulares, fotos retocadas, y obras que se vienen abajo… literalmente.
Y no, no es solo una cuestión de agua. Es una catarata de problemas: filtraciones, caos migratorio, mangas inservibles, taxis salvajes y falta de transparencia. Y todo esto bajo la mirada indiferente de un gobierno que parece más interesado en llegar al 28 de julio de 2026 que en gobernar.
Reflexión Final
Así que si tienes un vuelo pronto, lleva tu boarding pass, tu pasaporte… y tu poncho impermeable. Porque en el nuevo Jorge Chávez nunca sabes si vas a viajar… o a chapotear.
Y mientras seguimos aplaudiendo inauguraciones llenas de discursos y cintas rojas, solo queda rezar para que, la próxima vez, al menos nos instalen duchas con agua caliente. Aunque, como vamos, ni eso está garantizado.
Porque en el Perú, hasta el aeropuerto… hace agua.
